Acariciar el fuego

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Jason Amen

Ella era el tipo de chica que al primer golpe de vista te tira al suelo y hace que no te puedas levantar nunca más. El tipo de chica por quién los músicos escriben canciones y las gritan a oídos que jamás podrán comprender el dolor que supone haberla conocido. Ese primer cigarrillo que crees que será el único pero inevitablemente te acabará atrapando hasta llevarte a una lenta y dolorosa muerte. Creaba perspectivas de todos los diferentes ángulos que veía y, de una manera casi imposible en él, daba la vuelta a todo lo que pasaba por su cabeza y transformaba sus ojos en un caleidoscopio de luz y falsa esperanza.

Después de todo, seguía preguntándose día tras día qué había podido ocurrir y se seguía preguntando si aún le recordaba. Él sí, de eso seguro, pero le producía una inmensa angustia darse cuenta de que a cada día que pasaba, cada vez olvidaba un poco más su voz. Y eso era lo que más le dolía. Cuando se inicia el inevitable proceso del olvido, hay algunas partes que pueden sobrellevarse con facilidad, puede olvidarse la forma de su perfil, el contorno de su cuerpo o la curva que hacen sus labios al sonreír, pero lo que más dolor llega a producir el olvido es el momento en el que el sonido de su voz desaparece de la memoria, Una voz es el único elemento de una persona que puede llegar a transportarte a momentos concretos, a ese pasado al que siempre desearías volver para anclarte allí y quedarte a vivir. Un tótem del tiempo. Y él odiaba estar perdiendo eso porque sabía que cuando el proceso se completara ya no le quedaría nada más a lo que aferrarse, ni tan solo una fotografía. A veces intentaba recordar días concretos en los que tuvieron largas conversaciones, pero de todas ellas tan solo podía recordar algunas frases en concreto y en ninguna de ellas era capaz de recordar el sonido de su voz pronunciándolas. Era como leer una obra de teatro y ser incapaz de imaginarse la voz que pueden tener los personajes.

Incluso había intentado, en vano, buscar su nombre en el listón telefónico pero ni rastro de ella. Incluso llegó a imaginar que podía haber muerto pero enseguida descartó esa idea pues aún seguía notando su vida y, por consiguiente, que aún quedaba algo bonito en este mundo.

* * * *

Era inicios de Navidad, e insólitamente, una tormenta de nieve llevaba días azotando la ciudad. Decenas de coches cubiertos con centímetros de nieve en sus carrocerías quedaban atascados en mitad de la calle y ni tan solo los operarios podían hacer nada, preferían esperar a que el temporal pasase. Las calles estaban totalmente desiertas e incluso en las zonas más concurridas normalmente, no se hallaba ni una sola alma.

Desde que ella desapareció de su vida, él cada domingo acudía a una cafetería del casco antiguo para verse con un amigo. Éste le hizo prometer cumplir esta rutina para tener un control semanal de su estado de ánimo y así poder distraerle aunque fueran un par de horas. Siempre quedaban en el mismo lugar, una cocktelería del barrio viejo. Uno de esos lugares de más de cien años que alguien había adquirido y había reformado totalmente dándole un toque moderno, aunque a veces en vano. Él solía tomar un gin-tonic, a veces más de uno, aunque a pesar de su amor por esa bebida, quería dejarlo, pues era lo que solía tomar ella. Su amigo tomaba siempre una única cerveza, prefería estar totalmente sereno para escuchar los largos monólogos de él quejándose sobre su vida y todas las historias que una y otra vez contaba sobre ella.

Él, sorprendentemente, llegó a la puerta de la cocktelería diez minutos antes de la hora prevista, así que aprovechó para fumarse un cigarrillo sin que su amigo le viera. Odiaba que fumase. Sin embargo su amigo también llegó antes de la hora prevista y simplemente con una mirada ya hizo que soltara el cigarrillo a medio fumar. La retahíla de reproches que su amigo le soltó respecto al tema hicieron en él el mismo efecto que los antidepresivos que ya dejó de tomar, totalmente nulo.

Una vez dentro pidieron lo de siempre, un gin-tonic y una cerveza, y fue en ese momento donde empezaron los largos monólogos, las quejas, la visibilidad borrosa, las constantes visitas al baño e incluso alguna que otra lágrima. Pero algo cambió.

“¿Sabes? A veces pienso que todo esto, lo que nos ocurre a cada uno de nosotros es porque nos lo merecemos, sea bueno o malo. No se trata de karma ni nada así, si no simplemente porque nuestros actos y decisiones condicionan nuestro futuro. Por ejemplo, si ahora me levanto y rompo una botella en la cabeza del camarero, eso condicionará de manera drástica todo lo que me pueda pasar en las próximas horas. Pero tranquilo, que no lo haré aunque este gin-tonic esté bastante flojo. A lo que me refiero es que a veces me precipito demasiado, lo reconozco, y sé que con ella a veces mi cabeza actuó de manera sobrepasada. Es como esa canción: And my head told my heart “Let love grow” but my heart told my head “This time no”. Pues en ese caso mi corazón quedó paralizado, y eso que suele ser al revés. Sé que siempre soy pesado explicándote las canciones que me recuerdan a ella o mi ímpetu en encontrar su esencia en alguien más, pero para tu sorpresa eso se va a acabar. He decidido que eso de encontrar lo que te gusta y dejar que te mate no va a ocurrir esta vez. Ya he muerto demasiadas veces por el camino y esta vez voy a ser capaz de acariciar el fuego sin quemarme. Porque ella es eso, una llama demasiado bonita para apagarla y lo que hace es iluminar todo a su alrededor, incluso iluminó hasta mis rincones más oscuros. Voy a acariciar el fuego las veces que haga falta y no voy a abrasarme. Ya conservo demasiadas quemaduras de mi propio infierno como para tener aún más cicatrices.”

La cara de estupefacción de su amigo era esplendida, él notaba que lo que había contado no era mera palabrería. Notaba en su voz cierto grado de optimismo y esperanza que hacía años que no veía en él. Tal era su alegría en ese momento que incluso se levantó de la mesa para abrazarlo, sin mediar palabra.

El amigo pagó la cuenta y, como en las típicas postales neoyorquinas de las películas, ambos comenzaron a andar por entre la nieve buscando algún lugar para poder celebrar aquello y los dos miraron hacia atrás, a la cocktelería, sabiendo que no tendrían que volver más. De alguna manera, él no sentía frío, era como si ese fuego que había aprendido a acariciar estuviese dándole calor desde quién sabe donde.

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Y finalmente aprendí a bailar

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¿Dónde vamos a bailar esta noche? de Sara Goldschmied y Eleonora Chiari. (Museo Bolzano de Milán)

“Todo empezó en una playa.”

Así empieza uno de los relatos de este libro, ¿Dónde vamos a bailar esta noche? de Javier Aznar. Mi relación con él, bueno, mi conocimiento de su existencia, también comenzó en una playa. Quizás no era una playa, pero sé que era verano. Por aquél entonces yo desconocía su nombre, tan solo su seudónimo “Holden Caufield”,  basado en el protagonista de El Guardián Entre El Centeno. A pesar de este sobrenombre, la mayoría de personas se referían a él como “Guardián”. ¿Guardián de qué? Quizás de la perpetua juventud y de los cientos de amores de verano o de las noches que empiezan con una cena y acaban liándose hasta acabar dando tumbos por la calle Jorge Juan a las seis de la mañana.

Escribo estas líneas mientras escucho In My Arms de Rufus Wainwright, una canción que precisamente descubrí gracias a Javier Aznar una vez que la compartió en Twitter. Quizás es el ritmo de esta canción, o la voz de Wainwright lo que hace que siempre me acuerde de sus historias, pero me da la misma sensación; tómate la vida a tu ritmo y que pase lo que tenga que pasar, y si sale mal pues pedimos otro gin tonic.

Si por mi fuera, empezaría a contar con todo detalle lo que cada historia suya ha llegado a ser para mí, pero eso implicaría hacer spoilers y no quiero privar a nadie del inmenso placer que es leer ¿Dónde vamos a bailar esta noche?. Lo que sí puedo decir es lo que su obra ha implicado en mi día a día. Su columna en Elle tiene por nombre Manual del buen vividor, y realmente ese nombre le viene a la perfección, para nada como la definición despectiva que da la RAE sobre este adjetivo, si no como la que encontramos más abajo si la buscamos en el diccionario: “Que vive la vida disfrutando de ella al máximo.” Y sus palabras son capaces de agarrar por los hombros al chico más pesimista de la historia, darle un par de guantazos y decirle: “¡Eh! Espabila que no tendrás más oportunidades como esta.” Odio los libros de auto-ayuda por en cima de todas las cosas, y jamás consideraría este libro como uno de ellos, pero lo que sí puedo decir es que este libro me ha ayudado tanto como (casualmente) El Guardián Entre El Centeno de J.D. Salinger o Instrumental de James Rhodes.

Tuve el inmenso placer de conocer a Javier (¿se me permite tutearle?) en la terraza de la Casa Suecia, contemplando el skyline de Madrid en una calurosa tarde de mayo. Fue una conversación corta, decenas de personas esperaban detrás para que su ejemplar fuera firmado. Veía como gente le pedía una foto, pero yo pensé que no quería eso, quería seguir conservando ese pequeño anonimato que le quedaba, a pesar de que quería haberme quedado horas hablando con él. Bajé por el ascensor con una sonrisa de imbécil pensando que alguna vez me gustaría tener la capacidad de escribir sobre esos momentos efímeros tan bien como él. No haré como Sofia Coppola en Lost In Translation y ocultaré lo que Bill Murray le dice al oído a Scarlett Johansson. Yo os diré lo que me escribió en mi libro en una letra casi ininteligible (lo siento, Javier): “(…) Espero que te gusten los momentos efímeros de este libro y que tú también escribas sobre los tuyos.” No sé si eso se lo escribía a la mayoría de los que pasaban por ahí, pero me gusta pensar que solo me lo escribió a mí.

No sé qué final darle a este escrito, por lo que acabo de abrir el libro aleatoriamente y he dado con el párrafo idóneo: “Porque las medias naranjas no sirven para nada. Son iguales entre sí y su única finalidad en la vida es ser exprimidas para su consumo inmediato, porque si no se oxidan, se les van las vitaminas y no sirven para nada. Y de ahí directas al cubo de basura. Casi preferiría un medio limón: algo con un toque ácido, de gin tonic en gin tonic (…)”

Quizás sea ese el sentido de vivir en este mundo, pero mejor preguntádselo a él. Pero yo por el momento le voy a agradecer haberme enseñado a bailar, así que bailemos la última antes de que vengan a limpiar.

Las Constelaciones

April 7, 1960. FloridaJusto acababa de pronunciar el discurso de la boda de su hermano. Había sido emotivo y de algunos ojos de los asistentes habían aflorado lágrimas. Para él estas cosas eran un puro trámite, nada que le pudiera conmover. Se lo pidieron y el accedió. Hacía años que no sentía nada y que su corazón se había vuelto frío. Hacía tanto tiempo que una persona no pasaba por su vida que se había obligado a construir esa coraza de hielo para protegerse, pero aún así eso no le impedía protegerse de si mismo. Durante el discurso contó algunas anécdotas que vivieron su hermano y él cuando eran jóvenes, como la primera chica de la que estuvieron enamorados a la vez o la primera borrachera que le ocultaron a sus padres. Ahora todo eso era diferente, eran cosas del pasado. Todo el mundo había crecido y ya no se apreciaban las cosas como antes. Ahora todo se basaba en el mismo esquema: pareja, trabajo, hijos. Él no tenía nada de eso, era un anti-sistema de la existencia. Observaba a los asistentes del banquete y por lo menos había cuatro embarazadas y prácticamente todo el mundo llevaba anillo de compromiso. Él, en cambio, hacía casi una década que no tenía pareja estable y mucho menos un trabajo. No se puede considerar ser artista como un trabajo. A veces vendía algún que otro cuadro a algún restaurante o pequeña galería pero poco más, lo suficiente como para subsistir con el agua al cuello.

Salió al jardín mientras con una mano se desahogaba el cuello y con la otra sacaba un paquete de tabaco del bolsillo interior de la americana. Se vio de lejos en el reflejo del cristal de la carpa que cubría los invitados, allí, delgado y con un traje que le quedaba realmente bien y con unos mechones de pelo negro cruzándole la frente. Observaba a los invitados, personas prolíficas, familias felices, gente que había llegado a la cumbre de su carrera y después estaba él, un triste pintor cuya carrera nunca había tenido intención de despegar. Verlos allí le hacía sentirse inferior, insignificante. ¿Cómo podía ser que a su edad no contase con alguien con quien poder confiar? Él estaba realmente convencido de que era por su carácter, siempre instintivo pero que cuando quería ser cerebral todo se iba a pique. Se sentía agotado, perdido y sin ningún ápice de esperanza frente a él. A veces, en su mente, bromeaba con el suicidio pero enseguida rechazaba la idea al pensar en el cliché que supone que un artista deprimente se suicidara. Aún así seguía pensando que quizás sería la mejor salida.

Mientras daba las últimas caladas al cigarrillo y escuchaba la melodía de una versión hortera de New York, New York de Frank Sinatra, alguien le tocó el hombro. Al girarse había allí una chica de unos treinta años que le miraba desde unos centímetros más abajo de su línea visual. Sujetaba una copa de champán que resaltaba con el vestido ceñido de color negro que llevaba.

“Parece que sigues igual.”

“Eh, ¿Disculpa?” preguntó él sin saber muy bien de qué iba el asunto.

“No me recuerdas, ¿verdad?”

“Pues…no, si te soy sincero.”

“Tantas horas leyendo a Hemingway juntos, y años después ni te acuerdas de mí.”

“¿Claudia?” su asombro era tan grande que la colilla del cigarrillo le cayó de las manos.

“La misma, pero por tu reacción parece que soy yo la que ha cambiado.”

Era Claudia, la gran y última amistad que había tenido. Estaba allí porque la hermana de ella iba a la misma clase que su hermano. Se conocieron en el instituto, en la clase de Literatura Universal y a los dos les apasionaba la literatura norte-americana. Ella era de Hemingway y él de Philip Roth. Él consideraba esa amistad como algo invencible, era el motivo por el cual cada mañana se despertaba, era en lo que pensaba cuando se encontraba en algún lugar, solo y llorando. En ese instante por sus ojos pasaron decenas de momentos, al igual que cuando había pronunciado el discurso. Recordó la vez que robaron un libro de la librería de la facultad, era Hojas de Hierba de Walt Whitman y eso, por los pelos, no les supuso la expulsión inmediata. Recordaba también cuando muchas tardes se iban al parque más grande de la ciudad y buscaban el rincón más desierto para sentarse en el césped y leer. Por aquél entonces él era una persona muy habladora y comentaba todo lo que leía, hecho que a ella le molestaba. Quizás fue el recuerdo que llegó después lo que le removió todo. Se encontraban en casa de él y estaban escuchando en repetición el disco The Piper At The Gates of Dawn de Pink Floyd. Había decenas de latas vacías y ellos bailaban sin seguir ritmo alguno. A ella le encantaba bailar a contratiempo de cualquier canción y él odiaba bailar, pero con un poco de alcohol en la sangre era capaz de hacer cualquier cosa. Después de estar horas bailando, cayeron rendidos en la cama, sudorosos los dos. Ella se quitó la camiseta y él empezó a acariciar con el dedo índice cada milímetro de su cuerpo. Se dio cuenta de la gran cantidad de pecas que tenía en la espalda, era como una galaxia con centenares de estrellas que inundaban aquél mar de piel tan suave. Cogió un bolígrafo y de esas estrellas, empezó a crear constelaciones uniendo los puntos. Al acabar se enamoró de aquél microcosmos que reinaba en su espalda. Quizás fue en ese momento cuando se dio cuenta de todo.

Estuvieron hablando durante tanto rato, que cuando quisieron darse cuenta los invitados ya habían organizado una conga alrededor de la mesa donde se sentaban los novios. A través de los cristales, su hermana le hacía aspavientos con las manos, mostrando una clara señal de embriaguez, para que entrara. Ella se despidió con un beso en la mejilla y con un “Espero que nos veamos”.

No se volvieron a ver nunca, pero él cada día esperaba que ella hubiese encontrado a alguien que creara constelaciones en su espalda.

Las vides de Noviembre

da0d697a49c1ae3c5fe584fd3db0171fCuando una tormenta de granizo cae sobre un viñedo, acaba con todo. Las hojas se desprenden por los fuertes impactos, las vides mueren machacadas y ahogadas. Y las uvas, aún jóvenes, yacen partidas por la mitad en la tierra húmeda con la carne al descubierto.

Así me sentía yo, como una uva inservible. Algo que en un futuro, después de haber madurado, podría haberse convertido en vino; ese anciano brebaje capaz de calentar el cuerpo de todo ser frío y proporcionarle una falsa y efímera felicidad. Con estas palabras no pretendo mostrar ninguna señal de egolatría, pero quién sabe si podría haber llegado a ser algo grande y provechoso. Si la memoria no me traiciona por enésima vez, por aquél entonces mi proyecto de vida era ser escritor, aunque en mi cabeza fluye una cantidad ingente de periodos de tiempo donde apenas recuerdo nada. Una de las cosas que sí recuerdo era que mi existencia era como un encefalograma plano, un individuo que se relacionaba y actuaba como cualquier otro ser humano, pero que más adentro de su piel habitaba una atmósfera gélida e inerte, una tierra baldía donde ninguna flor era capaz de brotar y todo lo que quedaba eran rastros de polvo y sed perpetua. Tenía a medias una novela que había empezado a escribir meses atrás. Cada tarde, al salir de la librería donde trabajaba, bajaba seis calles y entraba de una cafetería a escribir. Lo poco que recuerdo de esos constantes periodos de productividad literaria es que solía estar más de cuatro horas escribiendo y que la mesa acababa llena de decenas de papeles manchados con cercos de café reseco, de las cuales la mayoría tendría que reescribir al día siguiente debido a mi inconformidad. Las rutinas diarias que hacía sí que las recuerdo con facilidad, pues de algún modo acabaron siendo una parte inherente de mi modo de vida.

De Lunes a Viernes trabajaba ocho horas en una librería de la mejor zona de Madrid. Me apasionaba porque solía estar bastante concurrida y siempre habían clientes dudosos con los cuales podías establecer una agradable conversación literaria. Al mediodía comía de pie en la cocina mirando un punto fijo de la pared mientras unas voces salían de la radio. Evitaba a toda costa escuchar música porque cualquier canción, hasta la más alegre y optimista, me hundía más. Después volvía a la librería para acabar mis horas y finalmente acababa escribiendo en la cafetería.

Fue allí donde la conocí. Fue allí donde conocí a mi Noviembre.

Después de escribir unas cuantas páginas inútiles y de haber apurado de un sorbo los restos del café, salí a la calle a fumar intentando aguantar la compostura mientras el aire gélido que azotaba Madrid esos días de finales de noviembre, rozaba mi cara. Esos “Cuarteles del invierno” como diría Camilo José Cela, me habían ocasionado ya algún que otro resfriado, aunque quizás la culpa de todo la tenga el tabaco por “obligarme” a salir a la intemperie.

Fumaba apoyado en la pared y mirando un punto fijo de la fachada que tenía justo enfrente. Algún músico callejero tocaba una especie de Fly Me To The Moon de Frank Sinatra con unas variaciones que indicaban más que no se sabía la partitura que el hecho de improvisar algo. Entonces apareció ella, apareció mi Noviembre. Con un abrigo gris y una bufanda de punto que le tapaba media cara. Empezó a mirar a todos lados como si estuviera esperando a alguien hasta que reparó en mi presencia y se acercó a mí como si ella fuese un errante sediento y yo un oasis en el desierto , como si ella fuera un jubilado y yo un buffet libre.

“¿Tienes un cigarrillo?”

No sé si decir que aquella frase fue un tanto carente de educación, ya que por unos segundos esperé un “Por favor”. Lo que sí sé es que aquellos ojos que me miraron clavaron mis pies en los adoquines de la calle Serrano. Siempre he pensado que hay miradas capaces de darte lo necesario para seguir caminando por este mundo. Capaces de hacer que cualquier cosa, por muy mala que sea, desaparezca.

Sin pronunciar palabra alguna, metí la mano en el bolsillo interior de mi abrigo y sin apartar mis ojos de los suyos, le extendí el paquete de Lucky Strike. Hubiera dado ese paquete entero a cambio de despertar cada mañana junto a esa mirada. Le hubiera dado cualquier cosa; mi casa, mi trabajo, la clave de mi cuenta bancaria, la de mi Wi-Fi, mis recuerdos, mi madre, mi piel, mi canción favorita, la primera vez que leí El Guardián Entre El Centeno, mi vida e incluso mis ojos, aunque para nada eran como los suyos.

Ella soltó un ligero y despreocupado “Gracias” y empezó a andar calle abajo hasta pararse a unos cincuenta metros de mí. Allí le esperaba un coche blanco radiante. No sé quién había en el asiento del conductor, pero fuera quien fuera, se la llevó para siempre. Y allí me quedé yo, hundido en el suelo hasta la cintura como un imbécil con el paquete de tabaco aún en la mano. Demasiado tiempo ha pasado y aún no he podido olvidar nada. He vuelto a ese lugar a la misma hora cada día desde entonces y jamás la he vuelto a ver. Ni tan solo recuerdo su voz, ni su rostro. Tan solo esa mirada. Sigo buscando esos ojos en cada transeúnte que circula por Madrid. La necesidad de volver a hundirme aumenta cada día.

Ella fue el hielo que cae del cielo y yo sigo siendo esa insignificante uva. Ella fue mi último Noviembre.

Snow.

I finally saw in the glass

two hands over the window condensation.

It was a saving light,

the unstoppable grass over a concrete floor.

 

Two inches of coal that painted

my paint forever

and the hunger of an orphan

dressed as the snow.

 

Pure and white,

cold and wet.

Sunless.

 

A layer as thinner as a page

and as deadly as your existence

over a pine limb

five seconds away of an

unavoidable

breaking.

En mis lágrimas nadie se ahogará

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Hace cinco minutos que ha colgado el teléfono. La llamada le ha sorprendido cuando los primeros rayos de sol despuntaban a través de las rendijas de la persiana. Su padre ha muerto esa misma noche a causa de un aneurisma. La llamada era de su hermano para comunicarle la noticia y avisarle de que tiene que coger el primer tren a casa y asistir al funeral que será al día siguiente por la tarde. No sabe si debe llorar, preocuparse o algo por el estilo, sin embargo, algo impide que su cuerpo y su mente reaccionen correctamente. Está tumbado en la cama, vestido con una camiseta de tirantes blanca y un pantalón de pijama a rayas. Observa el techo de color blanco roto. Hay partes que están empezando a desconcharse y agrietarse, y piensa que quizás un día mientras duerma le pueda caer un trozo de pared en la cabeza y acabar con todo. Mira el reloj y ve aún quedan unos veinte minutos para que suene la alarma que debería despertarle. Diariamente, cuando suena ese despertador, tiene veinte minutos para vestirse y ducharse, treinta para bajar al comedor común a desayunar y diez para ir del colegio mayor a la universidad. Esta vez no tiene que apurarse, tan solo tiene que meter en la maleta ropa para un par de días y dirigirse a la estación de tren.

Se levanta, abre la persiana y después la ventana. Dos pisos más abajo, a una altura de unos treinta metros ve como la nieve que ha caído durante la noche ha dejado una capa espesa de unos veinte centímetros. Una hilera de pasos cruzan el jardín entero dejando una estela desde la puerta del Colegio Mayor hasta la entrada de la cafetería. Cuando el helor empieza a cortarle la cara, cierra la ventana y se dispone a vestirse Se pone unos pantalones marrones de pana, una camisa a cuadros blancos y negros y debajo se deja la camiseta de tirantes con la que ha dormido. Saca la maleta de piel de debajo de la cama y empieza a colocar descuidadamente ropa que encuentra repartida por la habitación sin preocuparse de si se la pondrá; un par de zapatos y un libro que no sabe ni cuál es. Hoy no va a ducharse. Sabe que con el agua caliente recorriéndole la piel, su mente se debilita y en seguida empieza a preocuparse y en el caso extremo, a llorar. Hace años que no llora por alguien, ¿Por qué va a hacerlo ahora?

Se observa durante unos segundos en el espejo del lavabo –si puede llamarse así a un retrete, un grifo y una ducha donde apenas cabe una persona–, ve frente a él a alguien que no reconoce, un chico joven, con barba de tres días, semicírculos morados bajo los ojos y el pelo enmarañado.

Eres imbécil” se dice a si mismo en voz alta.

No tiene hambre pero sabe que si no come nada ahora, durante el viaje en tren querrá comer algo y no tiene dinero suficiente como para permitirse esos tentempiés tan caros que sirven en carritos. Va al escritorio y del fondo del primer cajón saca un paquete de tabaco que lleva escondido ahí desde hace meses. Solo fuma cuando tiene ataques de ansiedad, hecho que es, sorprendentemente, cada vez menos frecuente. Hasta hace poco consumía rapé en grandes cantidades pero como ha visto que era complicado encontrar lugares donde lo vendan, ha desistido y se ha pasado a la nicotina letal.

Baja por las escaleras y se dirije al Gran Comedor Común. Lo llaman así pero realmente es una habitación de no más de cincuenta metros cuadrados donde cada chico del colegio mayor va cuando quiere y come cuando quiere. Baja las escaleras con la mirada centrada en sus pies. Qué mierda de día me espera, susurra en una voz casi inaudible. Piensa que ojalá no haya nadie en el comedor y pueda desayunar el solo sin que nadie le moleste, pero sabe también que eso es imposible, que siempre hay, por lo menos, un grupo de unos diez chicos reunidos jugando a las cartas. Efectivamente. Un estruendoso ruido de voces le araña los oídos nada más abrir la gran puerta del gran comedor. Todo grande, piensa, cuanta ostentación. Coge una bandeja y se pone en la cola a la espera de que le sirvan, por una vez, algo decente. A los pocos segundos, una masa más parecida al cemento que a los huevos revueltos cae como un meteorito sobre su plato junto a dos salchichas revenidas. Una taza metálica de café rancio lo acompaña. Piensa otra vez en su padre. Le viene a su cabeza la imagen de él, tumbado en la cama con un último hilo de voz saliendo a borbotones de su garganta, quizás arrepintiéndose de lo mal padre que fue, o quizás regocijándose en todo lo que hizo. Piensa también en su madre. Quizás ahora esté llorando, o quizás esté en su habitación riendo a escondidas porque sabe que ya nadie podrá decirle lo que debe hacer y sobretodo, nadie le pondrá la mano encima, porque esa mano ya está fría y tiesa.

Se sienta en uno de los pocos asientos libres que quedan y empieza a comer. Su mirada queda fija en el muro que tiene justo delante, donde, hace muchos años, los directores del colegio mayor plasmaron una de las famosas máximas de Henry David Thoreau; Nunca mires atrás a menos que estés planeando ir en esa dirección.” A pesar de que admira a ese hombre, ese tipo de frases motivacionales que parecen sacadas de un libro de autoayuda le revuelven el estómago y le producen una sensación de hastío y desesperación. No entiende como alguien puede creer en esas cosas. A pesar de que esté de acuerdo con el hecho de evitar todo contacto posible con un mundo pasado, no entiende como alguien puede creer que una frase como esa le salvará la vida o, por lo menos se la mejorará.

Deja el plato a medias. Media salchicha y la mitad de esa masa cementosa restan en el plato junto a la taza vacía en la que tan solo queda el oscuro poso de café. Deja la bandeja en el carrito donde todos deben dejarla para que después uno de los cocineros venga a buscarla. Sale por la misma puerta que hace a penas media hora había usado para entrar en ese infierno de griterío y comida rancia. Sube las escaleras, atraviesa el vestíbulo principal y sale al pequeño jardín que hay junto a la entrada. Todo esta cubierto de nieve, aunque esta ya esté sucia y aplastada de todas las pisadas que ha recibido. Saca el paquete de tabaco del bolsillo y lo sacude encima de la palma de su mano hasta que un cigarrillo se desliza sobre ella. Lo enciende con una cerilla y, sin dar ninguna calada, observa el panorama invernal que se despliega frente a él mientras una capa de humo se interpone de por medio. El humo y la ráfaga de viento que atraviesa el jardín hacen que le lloren los ojos. Justo en ese instante se esfuerza en recordar algún momento con su padre que le ayude a llorar de una vez, pero en vano las lágrimas tan solo salen vacías de tristeza. Intenta ser una persona empática, sentir algo por aquellos que desaparecen, pero le es imposible. La última vez que lloró por la muerte de alguien fue cuando tres años atrás Hemingway se suicidó y su cara invadió las portadas de todos los periódicos. Compró diecisiete periódicos diferentes, todos con titulares como “Adiós a Hemingway” o “Las campanas doblan por Hemingway”. Titulares que intentaban en vano hacer buenos juegos de palabras con los títulos de las novelas.

Sabe que esa beligerancia que se oponía entre él y su padre va a perdurar lo suficiente como para que cuando sea lo suficientemente viejo, arrepentirse hasta tal punto de mantener esa frustración hasta el final de sus días.

Con dos dedos lanza el cigarrillo hacia la nieve. Ve como la humedad apaga el tabaco incandescente hasta que tan solo ve un diminuto hilo de humo que asciende hacia el cielo. Sube a su habitación, cierra la maleta y al salir cierra la puerta con llave. Vuelve a bajar y después de atravesar el vestíbulo y salir al jardín, pasa por encima de la colilla que minutos antes ha lanzado, pisándola y hundiéndola en el centro de su huella, en una masa homogénea de nieve sucia y tierra parda.

 

Olor a humo

6d701663c8029e6514303e835b6a0a5dHacía seis meses que me acababa de mudar a Barcelona. Hasta entonces, había vivido durante toda mi vida en Brooklyn. Esta nueva ciudad totalmente dispar respecto a Brooklyn; la simetría, el orden, las personas. Quizás la única semejanza entre las dos era el cuantioso ajetreo de turistas que constantemente llenaba las calles y locales de las zonas más céntricas. Yo vivía en el epicentro de esa zona cero, prácticamente el ojo del huracán de turistas de cualquier parte del mundo; ingleses, asiáticos, alemanes, rusos y norteamericanos como yo.

Cada día, desde que me habitué a mi nueva vida y a mi nueva ciudad, me despertaba a las seis de la mañana, me duchaba, hacía unos estiramientos musculares, fumaba un cigarrillo en el balcón mientras observaba las primeras oleadas de gente invadir la calle donde vivía, la calle Avinyó. Si no fuera por el famoso cuadro de Picasso, esta calle no sería más que otro punto de conexión entre las Ramblas y el casco antiguo de la ciudad. Una de esas calles donde los turistas acabarían perdidos en medio de la noche a merced de algún que otro bar ofreciéndoles una cena typical spanish con arroz amarillo fingiendo ser paella y un vino “gran reserva” de no más de dos euros en el supermercado de la esquina. Después de ese cigarrillo desayunaba una taza de café solo y dos tostadas con mantequilla de cacahuete. Quizás suene a tópico yankee pero atiborrarme de esa crema parda era de lo que más echaba de menos de mi país. Al acabar de desayunar siempre salía a dar un paseo de unos treinta minutos. Desde que empecé a ganar bastante dinero con mis dos primeras novelas, pude permitirme el lujo de no trabajar durante unas horas sin sentirme culpable.

Fue de los primeros días de primavera cuando hice aquél paseo que de una manera u otra cambió mi vida, aunque más bien la arruinó. Ese día, en lugar de ir en dirección contraria de los turistas y alejarme de esa vorágine de sandalias y cámaras de fotos, fui hacia ellos. Anduve entre calles y crucé los arcos de la Plaça Reial, observé como una familia de aspecto albino, quizás suecos, desayunaban café con leche y churros en la terraza del famoso Restaurant Tibidabo. Siempre me sorprendió que se llamara así cuando el Tibidabo es una montaña que se encuentra en la otra punta de la ciudad. Probablemente un reclamo turístico fácil de pronunciar incluso para un japonés. Un murmullo lejano iba rompiendo la tranquilidad de ese pequeño ecosistema que había creado aquella mañana donde el frío era apenas palpable y el sol reclamaba soberanía sobre la ciudad condal. Enseguida me encontré en medio de la muchedumbre. Delante mío tenía el mercat de la Boqueria y en la lejanía vislumbraba como una pareja de ancianos iban arrastrando con calma y perseverancia un carro de la compra entre aquél cúmulo de personas que entraba y salía de allí.

Empecé a subir por las Ramblas dirección plaza Catalunya, me apetecía tomar algo en el Café Zurich. Como si fuera un quitanieves, iba atravesando aquella marabunta humana que se dirigía hacia mí y me abría paso como un profeta bíblico. El sol primaveral empezaba a dar los primeros coletazos sobre la ciudad y un viento fresco azotaba mi cara. En uno de los quioscos de la rambla, había una joven florista que a pesar del ligero calor que hacía, llevaba un jersey amarillo a juego con los girasoles de su derecha. Resguardada tras unas gafas redondas, sonreía tímidamente a los transeúntes con la esperanza de que alguien se acercase y se llevara un pedazo de ella, alguna flor.

Apenas tardé unos diez minutos en llegar hasta la altura del Teatro Capitol. Justo enfrente había un saxofonista de unos cuarenta años que acompasado con los pasos de la gente, iba tocando una melodía de John Coltrane. La gente apenas le hacía caso. Quizás el jazz, al igual que la miel, no está hecho para la boca del asno, o en este caso, del turista. Delante suyo tenía la funda del saxofón abierta y al pasar solté un par de monedas que tenía en el bolsillo.

Finalmente llegué a la terraza del Café Zurich y aproveché que no hacía frío para sentarme en la terraza. En apenas medio minuto tenía a mi lado un camarero ataviado con un pantalón de pinzas negro y una camisa blanca rematada con una pajarita a juego con el pantalón. Pedí un croissant y una copa de vino blanco. Quizás no fuera la hora más adecuada, ni el vino maridaba, quizás con el momento sí, pero no con la comida. Aunque yo siempre digo que nunca es demasiado pronto para beber. El vino era bueno, fresco y los rayos de sol chocaban y se dividían a través de la copa. Reflejaban en la mesa metálica una suerte calidoscópica amarillenta. Sin embargo, el croissant estaba más seco de lo que esperaba, había perdido toda la ternura. A pesar de lo que cualquiera podría pensar, no soy demasiado exigente en cuanto a gastronomía, simplemente me gusta recibir algo equivalente al precio que pago.

Desde mi pequeña atalaya observaba el transcurrir de la vida barcelonesa, tan diferente de la que estaba acostumbrado. Jóvenes fotografiando con sus teléfonos móviles todo lo que veían, hombres trajeados hablando por teléfono con la mirada fija en el próximo billete que recibirán, y así hasta conseguir una masa homogénea de souvenirs del nuevo milenio. Por otra parte, ambas ciudades no son tan diferentes si nos centramos en el individuo. En ambas, cada persona se preocupa solo por la vida de uno mismo. Es muy difícil encontrar a una persona sonriendo a un desconocido o ver a alguien ayudando a un anciano sin motivo alguno. Saqué la pipa del bolsillo de la americana, la cebé con una cantidad poco excesiva de tabaco y la encendí que una cerilla que me proporcionó el camarero. A través del humo que nublaba mi vista, mientras la primera calada se agarraba a mis pulmones tirando hacia mi esa muerte no muy inminente pero sí inevitable, observaba de lejos, al saxofonista. Ahora tocaba una suerte de melodía con un gran parecido a Autumn Leaves, quizás era una improvisación, o no, pero desconocía ese tema. Veía en su cara, y en sus dedos digitalizando cada nota, una total ausencia del mundo terrenal. Envidiaba como a través de un simple conjunto de melodías se evadía de toda batalla sucedida a su alrededor. La atonalidad rompía la monotonía. Dormía entre corcheas y sincopas y cuando despertase, con suerte, tendría en la funda de su instrumento una decente cantidad de monedas para alimentarse un par de días.

Yo jamás he sabido tocar un instrumento, lo único que me ha servido para evadirme desde hace mucho ha sido escribir y fumar. Lo primero me ha dado dinero, fama y la oportunidad de pedir redención por todo lo que he hecho a lo largo de mis días, lo segundo tan solo me ha dado humo, una falsa calma y desde ese paseo, unas gotas de sangre al toser. Quizás esto sea lo último que escriba, quizás sea el número final de este circo sin orquesta que he ido montando durante toda mi vida. Ahora el número final necesita un protagonista, un guión, un motivo. Y sé que no soy yo. La melodía ya me la puso ese saxofonista y la esperanza de que aún quedaba algo decente en el mundo, esa florista del jersey amarillo. Espero que entre estas líneas no quede más que mi recuerdo y con suerte, algo de olor a humo y ceniza.

El vacío en el vaso

cafe-de-montmartre-1890-oleo-sobre-lienzo-80-x-116-cm-abadia-de-montserrat-barcelona-obra-de-santiago-rusinol-650x451Me sorprendió el hecho de que, al entrar en el cine, un sol radiante iluminaba las calles, y ahora, justo al salir, empezaban a caer las primeras gotas de lo que posteriormente sería una larga y tediosa lluvia torrencial. Muy parecida a la tormenta que se había cernido sobre mí desde hacía años. Al ver esas primeras gotas caer, abroché los botones de mi abrigo, me subí el cuello y conecté los auriculares. Dejé que la aleatoriedad de mi reproductor mandase sobre mi persona, y me sorprendieron gratamente las primeras notas de la Sonata a piano Nº8 en Do Menor de Beethoven, la archiconocida “Sonata Patética”. Al igual que un buen vino con una buena comida, esa pieza ligaba, o maridaba, perfectamente con la situación; mis pasos intentaban ir al compás del piano, pero llegó un punto donde la situación se hizo insostenible.

Como cada vez llovía más fuerte, opté por refugiarme en una de esas cafeterías americanas que están en cada esquina de cualquier ciudad, donde si pides un café, te ponen decenas de brebajes en la taza menos lo que yo tengo entendido por “café”. Ni tan solo son capaces de escribir correctamente el nombre del cliente en esos vasos blancos de cartón. Pedí uno de esos “cafés” de nombre extraño con jengibre –ya que se acercaba la navidad, había que aprovechar– y dije mi nombre fonológica y fonéticamente marcado para que lo entendieran a la perfección y lo apuntaran en el vaso. Cuando fui a recogerlo, lo habían escrito mal, faltaba una letra. Qué más daba, esa pequeña errata quedó reducida al olvido cuando en el hilo musical empezó a sonar una versión de un villancico cantado por Paul Anka. A pesar de mis prejuicios sobre esa cadena norteamericana de cafeterías, cada vez que iba, y superaba algunos baches respecto a mis principios, acababa sintiéndome como en casa. La hipocresía del siglo XXI, supongo. Quizás ponen algún tipo de estupefaciente en los cafés para que seamos así.

Entre swings navideños, aromas a canela, jengibre y café, e ir y venir de turistas de todas las nacionalidades, me fijé en un hombre que, sentado apenas cuatro mesas más adelante de la mía, intercambiaba miradas conmigo. Su aspecto dejaba bastante que desear, aunque se apreciaba cierto aire de caballerosidad y gentileza que se notaba que había reinado tiempo atrás sobre su persona. Como aquellas viejas glorias del cine que a pesar de entrar profundamente en la tercera edad, conservaban una elegancia imperturbable; como Paul Newman en Camino a la Perdición. El hombre hojeaba un periódico de días anteriores. Aunque no veía bien de lejos, la foto de la portada mostraba un conocido músico junto a un crespón negro, y esa noticia había ocurrido la semana anterior. Yo admiraba a ese hombre de la portada, aunque no sabría definir si era músico o poeta. Justo en ese instante, en el hilo musical empezaron a sonar las primeras notas de una version bossa nova de la canción más conocida de ese hombre. Una acalorada rabia afloró, incontrolable, en mis interiores al escuchar esa aberración.

A todo esto, el hombre desconocido seguía intercambiando miradas conmigo. En un momento, metió su mano en el bolsillo de la pechera de la camisa y sacó un paquete de cigarrillos. Me sorprendió ese acto, porque si encendía uno, no tardarían ni cinco segundos en saltar las alarmas anti-incendios y por consiguiente, en echar a ese hombre a patadas del local. Finalmente, lo único que hizo fue contarlos, o al menos contemplarlos durante unos segundos como quien, famélico y sediento, observa desde la calle a los comensales que cenan en un restaurante. Los cigarrillos quedaron desvanecidos ante mis ojos cuando me fijé en el anillo que portaba en el dedo meñique de la mano izquierda. Si no me equivocaba, ese era el mismo anillo que repetidas veces había visto en álbumes de fotos familiares; un grueso anillo de sello dorado con una espiga de trigo negra grabada en el centro. Era el escudo heráldico de mi familia y sólo los hombres que llegaban a casarse tenían derecho a llevarlo. Digamos que era una tradición familiar ciertamente machista, aunque centenaria. Mi familia se reunía trimestralmente en un club de campo a las afueras de la ciudad y jamás había visto esa cara, ni tan solo en fotografías. Tan solo había visto el anillo, pero había visto decenas diferentes, aunque todos iguales, como gotas de agua.

El hombre seguía mirando constantemente y yo me impacientaba. Sentía curiosidad, aunque tampoco quería arriesgarme a preguntar para que después resultase que ese anillo no era más que una burda y decepcionante coincidencia. A pesar de mi impaciencia, al final fue él quién se impacientó. Dio un último sorbo a su café, se levantó y se dirigió a la puerta girándose y tomando contacto visual conmigo una última vez.

Me quedé unos minutos cavilando quién podría ser ese hombre. Esa elegancia que tenía; estaba claro que podría ser perfectamente de mi familia, triste y excesivamente adinerada, aunque eso sí, con una elegancia y educación incuestionables. Por segunda vez, mis pulmones se quedaron sin aire, la sangre que corría por mis venas se convirtió en cemento, y mis pupilas se dilataron tanto que apenas distinguía sombras más allá de mi nariz. Aquél hombre era la viva descripción que mi madre hacía de mi padre cuando me hablaba de él. Un escritor que un día, sin motivo aparente, dejó todo, incluidas las personas que más le querían, para desaparecer para siempre. Hasta ese día.

El orden de las palabras

1387f3386f150d586ef956aee412dd0dLas palabras ordenadas. Una por una detrás de la anterior y con una coherencia perfecta. Ese era el gusto que le encontraba a la lectura. No leía por el placer de la literatura ni para entretenerse, leía porque abrir cualquier página y encontrarse con esa masa homogénea de caracteres lo llevaba al más alto éxtasis. Fue por eso por lo que decidió hacer la carrera de Diseño Gráfico, porque ordenar las palabras, darles forma, palpar esas fuentes, esas letras eran, para él, el mejor de los orgasmos. Además, su trastorno obsesivo compulsivo agravaba más eso y, a veces, se quedaba largos ratos mirando carteles o anuncios donde encontraba el equilibrio perfecto en esas palabras. Cuando entraba en lugar desconocido o no para él, lo primero que hacía era individualizar y estudiar todo elemento que llamaba su atención. Las gafas de diseño de la dependienta en la tienda de ropa, los tics en el ojo derecho del hombre que acaba de entrar en la panadería donde compra cada mañana el pan, la nariz pelada del chico que entra y se sienta a su lado cuando espera en la consulta del dentista, todo. Observaba hasta el más mínimo detalle.

Estaba esperando en la puerta del restaurante fumando un cigarro. Tenía una entrevista de trabajo y le habían citado en uno de esos restaurantes que él, por el momento, no podía costearse. Le sentaba bien el humo invadiendo sus pulmones. Apenas hacía tres meses que empezó a fumar. Al principio no le gustaba fumar, pero prácticamente se había obligado a acostumbrarse a ese hábito porque se dio cuenta de que una persona podía librarse fácilmente de situaciones incómodas con un simple “Salgo a fumar”. Estaba empezando a sudar. Quedaban cinco minutos para la una y media, aunque él llevaba ahí desde la una en punto. Odiaba los retrasos, pero también odiaba ser puntual. Siempre debía hacer todo con antelación y previsión para disminuir el margen de errores en medida de lo posible. Ya veía como el director de la empresa y el de recursos humanos se acercaban.

De primero pidió esturión a la plancha con reducción de módena y mango. Pero pidió expresamente que en lugar de a la plancha fuese hervido, y en lugar de módena y mango fuese aceite de oliva y nada de sal. No pidió segundo plato y para beber, agua. No toleraba el alcohol, un vaso de vino lo derribaba enseguida. Al menos eso pensaba hasta que la conversación empezó a animarse. Al parecer, el director había estudiado en la misma universidad que su hermano y habían coincidido en más de una asignatura. Eso le pareció una increíble coincidencia y su alegría fue aumentando hasta que llegó la famosa y temida frase “Venga, chaval, que te invito a una copa, esto hay que celebrarlo”. Ni reproches, ni suplicas sirvieron para conseguir declinar esa oferta, enseguida tuvo delante tres caipirinhas; una para él, una para el director y otra para el de recursos humanos, que apenas había hablado en toda la comida, al parecer estaba demasiado ocupado con su entrecot como para escuchar la conversación.

Al principio, el sabor del cóctel no fue demasiado agresivo. Él no tenía ni idea de esa clase de brebajes pero por lo poco que sabía, ese era de los más flojos en cuanto a intensidad, hecho que poco a poco le fue perjudicando porque en cinco minutos ya se había bebido tres cuartas partes de la copa. Las frases del director se iban tornando borrosas y apenas sabía ya para qué era la entrevista. Se maldijo para sus adentros y dio el último sorbo de caipirinha. Siguió concentrado en los restos de esturión que quedaban en su plato y mientras el director hablaba sobre las juergas que tenían en la universidad fue removiéndolos con insistencia hasta que solo quedó una masa blanquecina homogénea y pastosa. Ver eso le recordó la vez que en el instituto fueron de visita al Museo Nacional de Biología y presenció con sus propios ojos lo que se denomina como “materia blanca”, uno de los elementos o materiales de los que está formado el cerebro. En su momento le repugnó tanto que tuvo que salirse a tomar el aire mientras sus compañeros se reían de él. Esta vez no pudo controlar mucho más su aprensión; en apenas cinco segundos, la mesa, los platos, los vasos e incluso el director quedaron empapados de vómito blanco que apestaba a alcohol. Ahora lo que predominaba la mesa era esturión triturado con reducción de caipirinha. Una delicatessen en toda regla. La estupefacta cara salpicada del director y el hombre de recursos humanos que seguía impasible concentrado en su entrecot le daban una confusión total. Quería salir corriendo, pero si hacía eso perdería el trabajo. Aunque pensándolo bien, y viendo la escena, ya era más que obvio que el director se encargaría de que en su vida volviese a trabajar en cualquier sitio. Así que por primera vez en su vida, se levantó tranquilamente y metiendo la mano en el bolsillo izquierdo de la americana dijo: “Si me permiten, voy a salir a fumar”.

Cuestión de principios

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Entré en la cafetería como un día cualquiera. Era uno de esos cafés totalmente normales, pero lo único diferente era que la distribución era prácticamente como un diner neoyorquino. Para ser las siete y media de la mañana, el local estaba completamente atestado; grupos de mujeres tomando el café, jubilados desayunando y algún que otro trabajador devorando un bocadillo de dudosa calidad. Apenas habían un par de sitios libres, un taburete en la barra con un abrigo encima, cuya señal me indicó que la soberana de ese asiento estaba en el lavabo, y un asiento al fondo de la cafetería junto a la ventana, aunque lo malo es que tendría que sentarme frente a una persona y a mí me gustaba desayunar solo. Pero no había otra solución. Me senté directamente, sin preguntar si estaba ocupado, porque si lo estaba, ya no. El individuo que tenía delante era un hombre entrado en la sesentena con poco pelo, pero el poco que tenía era blanco como la mesa en la que estaba apoyado. Su cara, baqueteada por los años, estaba adornada con una barba canosa de poco más de una semana. Miraba, o más bien leía, las páginas de un libro azul. El autor era Joseph Conrad, aunque el título lo tapaba su mano. Vestía con una camisa blanca con pequeños cuadrados negros y a su derecha, ocupando con intención un sitio disponible, reposaba una americana parda. Era uno de esos hombres nacidos a mitad de siglo que se salvaron por un par de décadas de la guerra, pero que durante su infancia y adolescencia, vieron como se apagaban las luces del franquismo y caminaban por entre el confeti que los últimos tangos de la miseria habían dejado.

No se percató de mi presencia hasta que la camarera se acercó y me atendió. Pedí un café solo y un sándwich de atún. Frente al hombre habían los restos de lo que rato antes había sido un café solo y las migajas de algún croissant de mantequilla. El sobre del azúcar estaba intacto. Era de los míos; negro, amargo y fuerte. Junto a la taza había una pequeña copa con un líquido anaranjado, bourbon probablemente. Saqué el periódico de la mochila que portaba y lo extendí a lo largo de la mesa pretendiendo no molestar al hombre. En ese instante me trajeron el café y el sándwich, al que enseguida fui dando mordiscos mientras leía el artículo de opinión de un conocido escritor que se quejaba de que habían cerrado uno de los ultramarinos más emblemáticos de la ciudad.

-Haces bien.- me interrumpió una voz ronca por encima de mi lectura.

-¿Disculpe?.

-Haces bien en leer el periódico en papel.-el hombre hablaba sin despegar la vista de las palabras de Conrad.

-Bueno, gracias, es algo que heredé de mi padre, que siempre leía el periódico en papel. Además, no soporto leer a través de una pantalla.

El hombre despegó sus ojos del libro y se quedó observándome unos segundos. Cerró el libro de un golpe y lo dejó encima de la americana parda. Se restregó la mano por la cara, deslegañándose, como si se acabara de despertar. Tosió un par de veces y prosiguió. Mientras hablaba iba inclinando el cuerpo hacia la derecha.

-¿Sabes?, la gente de ahora, sobretodo los jóvenes, ya no tiene principios. Con tal de tenerlo todo fácil y al alcance de la mano, no son capaces ni de bajar a un quiosco a comprar el periódico, prefieren tenerlo en la palma de su mano en una pantalla donde apenas se distinguen las letras. No sé cómo serás tú, quizás eres un hijo de puta, pero me das confianza al ver que aún hay jóvenes que leen en papel. Y perdóname por usar esas palabras, pero no soporto que la gente carezca de principios, es algo que todo ser humano debe tener. Por ejemplo, la gente ya no bebe para disfrutar, ahora se bebe para emborracharse. ¡Ni tan solo Hemingway bebía para emborracharse! ¡Él disfrutaba bebiendo! En qué nos hemos convertido…el ser humano se va a la mierda, amigo.

Yo masticaba el último bocado de mi sándwich. Ese hombre tenía razón, aunque personalmente yo no era, ni soy una de esas personas que odia el sabor del alcohol y solo bebe para emborracharse. Al contrario, cuando ocurrió eso en mi casa tenía una botella a medias de un whisky canadiense que me había costado noventa euros la botella. Y cada vez que bebía de él lo disfrutaba. El hombre prosiguió con su monólogo.

-Mi padre trabajaba exportando e importando comida para la gente adinerada de Madrid, y alguna que otra vez le regalaban un pedazo de queso marouille o una botella de Dom Perignon y aunque eso era de la poca comida decente que llegaba a casa, teníamos principios. Pero ahora eso no tiene importancia, ahora hasta el que se supone que tiene más principios es capaz de recalentar el café en un microondas y quedarse tan ancho.

Justo en ese momento llegó la camarera con la cuenta. Aboné el importe antes de que se fuera y aguanté los diez segundos de conversación insustancial que me daba. Me despedí de ella con una sonrisa amarga y volví mi atención hacia el hombre. Pero el hombre ya no estaba. Lo busqué por toda la cafetería con la mirada y lo único que pude ver fue su espalda salir por la puerta. Seguramente se fue al ver que le estaba ignorando mientras hablaba con la camarera y finalmente me incluyó en el saco de gente sin principios. Desistí y fui a beber el café para irme a la oficina antes de que se me hiciese tarde. Cuando di el primer sorbo ya estaba frío. Lo dejé tal cual estaba y me marché. No quería recalentarlo en ningún microondas.