Nunca Mires Tras El Arbusto

7959132dd8b0a413ba8424bcf04ae938.jpgRiley jugaba en el parque. Tranquilo y despreocupado se balanceaba en el columpio como lo haría cualquier niño de diez años. Su corta melena castaña bailaba contra el viento invernal a la vez que este le helaba la piel de la cara. Tenía el gorro de lana colgado del cinturón. Apenas se lo ponía porque prefería la sensación de su pelo ondear al viento, aunque esto le costara más de una regañina de su madre.

    El chirriar de las cadenas del columpio era el único sonido que cortaba el silencio del parque. Le gustaba estar solo a pesar de tener muchos amigos, alguno de ellos imaginario, cómo no. Pero lo que más le gustaba de estar solo eran los días como ese, que solo ocurrían una vez al mes. Su madre iba a visitar a una amiga y para evitar que Riley se quejase, le dejaba quedarse en el parque de afuera mientras ella lo vigilaba por la ventana. Le gustaba ese día porque después siempre iban a cenar a In-N-Out.

Mientras seguía balanceándose, Riley notó como la tranquilidad del parque se perturbaba. Seguía ese mismo silencio que antes, cortado por el chirriar de las bisagras del columpio pero algo le decía que no estaba solo. Miró a la ventana y allí estaba su madre riéndose con una taza de chocolate caliente en las manos. Eso le proporcionó un gran alivio pero la inseguridad ya empezaba a apoderarse de su cuerpo. Poco a poco fue disminuyendo la velocidad del columpio hasta pararlo por completo. Pegó un salto y una vez con los pies en la nieve empezó girar sobre sí mismo y a observar cada punto del parque. Tres bancos, una fuente helada, un tobogán que en su día fue azul y el columpio donde hace unos segundos estaba él. Empezó a cantar en voz baja la canción de sus dibujos animados favoritos, eso siempre le calmaba. Ahora su voz era la que rompía el silencio de esa tarde de invierno, pero a medida que la canción transcurría, iba quedando sofocada por el sonido de una respiración ajena. Dejó de cantar y se giró al instante al creer que provenía de detrás suyo, pero el miedo en su cuerpo aumentó. Quería irse con su madre y refugiarse en ella, pero algo le decía que debía quedarse allí y averiguar qué era lo que oía. Empezó a caminar hacia un arbusto lleno de nieve y se quedó paralizado al darse cuenta de que esa respiración que cada vez era más ronca provenía de detrás de esos matorrales. Quería irse, quería correr muy rápido bien lejos de allí pero se sentía atrapado por esa respiración que acabó acompasándose con la suya. Se acercó lo suficiente como para rozar con los dedos la nieve de encima de las hojas. La nieve estaba helada, como era de esperar, pero un calor sofocante irradiaba de detrás del arbusto. Lo raro era que la nieve no se derretía, seguía totalmente cuajada y helada. Adelantó un pie y después otro. Empezó a asomar la cabeza por encima del matorral y allí estaba; un conejo muerto, totalmente abierto en canal. No habían cortado su piel, la habían desgarrado como quien desgarra el plástico de una bolsa. El asco sustituyó al miedo en cuanto vio esa imagen, pero enseguida ese asco se tornó pánico cuando oyó la misma respiración que antes y el mismo calor que segundos antes estaba tras el arbusto. Esta vez detrás suyo.

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