Siete canciones después.

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Por aquél entonces, mi vida no era más que un cúmulo de infortunios. Una serie de catástrofes dantescas que asolaban todos y cada uno de los ámbitos que formaban mi vida; amor, dinero, familia, amistad, personalidad.

Todo empezó cuando mi pareja me dejó. Llevábamos casi siete años juntos. Desde el instituto. Un día llegué a casa del trabajo y me la encontré metiendo toda su colección de discos de Prince y R.E.M. en una caja y lo único que dijo antes de cerrar la puerta fue esa máxima que jamás olvidaré: “Tengo cosas más importantes que hacer que seguir compartiendo mi vida contigo.” Es decir, siete malditos años compartiendo el mismo aire, las mismas canciones, los mismos libros, los mismos pensamientos, a veces incluso el mismo cepillo de dientes y me dice que hay cosas más importantes que seguir conmigo. Entonces pensé que si realmente me dejaba por algo mejor que yo, solo podía irse con una canción de los Beatles, actualmente pienso que si se fue con algo mejor, podía ser hasta la peor canción de un grupo electro-pop indie. Desde el día que cerró la puerta y se fue con todos sus discos no la he vuelto a ver. A veces, buscando ropa en el armario, me encuentro con el Abbey Road de los Beatles que le regalé para nuestro quinto aniversario, cuando ella hizo un “gran” esfuerzo para que le gustasen. Nunca lo consiguió y creo que al final, para ella, ver mi cara era como oír Penny Lane. Asco puro.

Días después de que mi novia me dejase llegó la segunda manifestación de mi mala racha. Me despidieron. Trabajaba en una librería del centro de la ciudad, el sueño de mi vida, (sí, siempre he sido una persona con pocas aspiraciones) hasta que esa tarde de lunes lluvioso me dijeron que no hacía falta que volviese al día siguiente porque habían encontrado  a alguien con más conocimientos que yo. El recién contratado era un chico de 23 años recién licenciado en Literatura por nosequé universidad prestigiosa. Pues si después de tantos estudios has acabado en una librería, a poco aspirabas. Intentaron recompensarme diciéndome que me dejaban coger dos libros gratis. Y eso hice, cogí una primera edición de El Guardián Entre El Centeno que tenían guardada en una vitrina y después fui a la sección de clásicos a buscar la edición más pesada que tuvieran de Guerra y Paz, que enseguida fue sobrevolando la tienda hasta llegar a parar a una pila de libros de la sección “Novedades” que aún estaban por ordenar. Y así quedó ese escenario tan pintoresco y kafkiano. El licenciado sentado en una silla con el maletín entre las piernas, una cincuentena de libros esparcidos por la tarima de madera, mi jefa gritando desesperadamente que iba a llamar a la policía si no me iba de inmediato y lo mejor de toda la escena, mi cara de satisfacción. Aunque cabe decir que por aquél entonces aún quedaba bastante autoestima en mí.

Como era de esperar, esa autoestima duró bien poco. No solo se rompió la relación con mi pareja, también se acabó prácticamente la relación con mis padres, mejor dicho, con mi padre. Y eso sí que no me lo esperaba. Como cada sábado, fui a cenar la famosa cassoulet de mi madre. La mejor que nadie ha probado en todo el país. Ese día mi padre estaba especialmente de mal humor porque el partido derechista había ganado las elecciones municipales y como él decía: “Yo no quiero ver más brazos en alto en esta ciudad.” Les conté lo que pasó con mi pareja y al principio la noticia les impactó pero poco a poco todo se fue ablandando hasta que mi madre dijo: “Bueno, hijo, son cosas que pasan. La gente va y viene, y si ella se ha ido es porque alguien mejor vendrá.” Por un momento esas palabras me reconfortaron, pero todo se disipó al darme cuenta de que probablemente jamás volvería a estar con alguien como ella, aunque teniendo en cuenta la experiencia, esa era la intención, no encontrar a alguien como ella.

El hecho es que mi padre, en un momento de la cena me preguntó por mi trabajo.

-Bueno, ya puedes alegrarte, lo he dejado. Tu hijo ya no es un muerto de hambre rodeado de novelas fantasiosas, ahora simplemente es un muerto de hambre.

Lo que sigue a esa conversación fue una serie de berridos por parte de mi padre que decían que por qué había dejado el trabajo, que ahora no tenía donde caerme muerto y que él no pensaba mantenerme más, que suficiente había tenido durante veintiún años. Por un rato aguanté sus impertinencias hasta que pronunció su famosa máxima :”Eres inútil.” En ese momento todas las discusiones que había tenido con mi padre durante toda mi vida pasaron por delante de mis ojos. Todos esos gritos, insultos y sobretodo bofetadas. No necesité más para levantarme, coger mi abrigo e irme por la misma puerta por la que hacía unos treinta minutos había entrado. Hace seis meses de eso y no he vuelto a hablar con él, aunque a veces mi madre me llama a escondidas cuando él se va al bar por la noche.

En lugar de volver a casa en autobús, me decanté por volver andando. Me puse los auriculares, encendí mi iPod y me adentré en una fría noche de lluvia y grandes dosis de tristeza. Todo lo que había pasado durante esos días quedó disipado cuando sonaron los primeros acordes de California Stars de Wilco y Billy Bragg. Siempre me había encantado como ellos dos daban tanta vida a esa letra de Woodie Guthrie; “I’d like to dream my troubles all away on a bed of California stars.” Así me sentía yo. Siempre he pensado que las canciones aparecen cuando más las necesitas, como un superhéroe que viene a salvarte. Por ejemplo, el día que conocí a la que ahora es mi ex-pareja y la que creí que sería la mujer de mi vida, en el instante en el que la vi, en el bar empezó a sonar Romeo And Juliet de Dire Straits. La tarde en la que murió mi abuelo, mientras me enfundaba en mi traje negro, en la radio sonó Don’t Think Twice, It’s Allright de Dylan. Las canciones siempre han sido inherentes a cualquier momento de mi vida. La gente suele asociar canciones a gente, pero yo las asocio a momentos y a día de hoy no puedo escuchar Don’t Think Twice… sin derramar alguna lágrima y sonreír porque sé que mi abuelo sigue cuidando de mí.

Llegué a mi casa unas siete canciones después. Encendí el ordenador y decidí que tenía que reordenar mi vida, costase lo que costase. Aunque a día de hoy, cinco años y dos mujeres después, no he podido olvidarla.

 

 

 

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