Cuestión de principios

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Entré en la cafetería como un día cualquiera. Era uno de esos cafés totalmente normales, pero lo único diferente era que la distribución era prácticamente como un diner neoyorquino. Para ser las siete y media de la mañana, el local estaba completamente atestado; grupos de mujeres tomando el café, jubilados desayunando y algún que otro trabajador devorando un bocadillo de dudosa calidad. Apenas habían un par de sitios libres, un taburete en la barra con un abrigo encima, cuya señal me indicó que la soberana de ese asiento estaba en el lavabo, y un asiento al fondo de la cafetería junto a la ventana, aunque lo malo es que tendría que sentarme frente a una persona y a mí me gustaba desayunar solo. Pero no había otra solución. Me senté directamente, sin preguntar si estaba ocupado, porque si lo estaba, ya no. El individuo que tenía delante era un hombre entrado en la sesentena con poco pelo, pero el poco que tenía era blanco como la mesa en la que estaba apoyado. Su cara, baqueteada por los años, estaba adornada con una barba canosa de poco más de una semana. Miraba, o más bien leía, las páginas de un libro azul. El autor era Joseph Conrad, aunque el título lo tapaba su mano. Vestía con una camisa blanca con pequeños cuadrados negros y a su derecha, ocupando con intención un sitio disponible, reposaba una americana parda. Era uno de esos hombres nacidos a mitad de siglo que se salvaron por un par de décadas de la guerra, pero que durante su infancia y adolescencia, vieron como se apagaban las luces del franquismo y caminaban por entre el confeti que los últimos tangos de la miseria habían dejado.

No se percató de mi presencia hasta que la camarera se acercó y me atendió. Pedí un café solo y un sándwich de atún. Frente al hombre habían los restos de lo que rato antes había sido un café solo y las migajas de algún croissant de mantequilla. El sobre del azúcar estaba intacto. Era de los míos; negro, amargo y fuerte. Junto a la taza había una pequeña copa con un líquido anaranjado, bourbon probablemente. Saqué el periódico de la mochila que portaba y lo extendí a lo largo de la mesa pretendiendo no molestar al hombre. En ese instante me trajeron el café y el sándwich, al que enseguida fui dando mordiscos mientras leía el artículo de opinión de un conocido escritor que se quejaba de que habían cerrado uno de los ultramarinos más emblemáticos de la ciudad.

-Haces bien.- me interrumpió una voz ronca por encima de mi lectura.

-¿Disculpe?.

-Haces bien en leer el periódico en papel.-el hombre hablaba sin despegar la vista de las palabras de Conrad.

-Bueno, gracias, es algo que heredé de mi padre, que siempre leía el periódico en papel. Además, no soporto leer a través de una pantalla.

El hombre despegó sus ojos del libro y se quedó observándome unos segundos. Cerró el libro de un golpe y lo dejó encima de la americana parda. Se restregó la mano por la cara, deslegañándose, como si se acabara de despertar. Tosió un par de veces y prosiguió. Mientras hablaba iba inclinando el cuerpo hacia la derecha.

-¿Sabes?, la gente de ahora, sobretodo los jóvenes, ya no tiene principios. Con tal de tenerlo todo fácil y al alcance de la mano, no son capaces ni de bajar a un quiosco a comprar el periódico, prefieren tenerlo en la palma de su mano en una pantalla donde apenas se distinguen las letras. No sé cómo serás tú, quizás eres un hijo de puta, pero me das confianza al ver que aún hay jóvenes que leen en papel. Y perdóname por usar esas palabras, pero no soporto que la gente carezca de principios, es algo que todo ser humano debe tener. Por ejemplo, la gente ya no bebe para disfrutar, ahora se bebe para emborracharse. ¡Ni tan solo Hemingway bebía para emborracharse! ¡Él disfrutaba bebiendo! En qué nos hemos convertido…el ser humano se va a la mierda, amigo.

Yo masticaba el último bocado de mi sándwich. Ese hombre tenía razón, aunque personalmente yo no era, ni soy una de esas personas que odia el sabor del alcohol y solo bebe para emborracharse. Al contrario, cuando ocurrió eso en mi casa tenía una botella a medias de un whisky canadiense que me había costado noventa euros la botella. Y cada vez que bebía de él lo disfrutaba. El hombre prosiguió con su monólogo.

-Mi padre trabajaba exportando e importando comida para la gente adinerada de Madrid, y alguna que otra vez le regalaban un pedazo de queso marouille o una botella de Dom Perignon y aunque eso era de la poca comida decente que llegaba a casa, teníamos principios. Pero ahora eso no tiene importancia, ahora hasta el que se supone que tiene más principios es capaz de recalentar el café en un microondas y quedarse tan ancho.

Justo en ese momento llegó la camarera con la cuenta. Aboné el importe antes de que se fuera y aguanté los diez segundos de conversación insustancial que me daba. Me despedí de ella con una sonrisa amarga y volví mi atención hacia el hombre. Pero el hombre ya no estaba. Lo busqué por toda la cafetería con la mirada y lo único que pude ver fue su espalda salir por la puerta. Seguramente se fue al ver que le estaba ignorando mientras hablaba con la camarera y finalmente me incluyó en el saco de gente sin principios. Desistí y fui a beber el café para irme a la oficina antes de que se me hiciese tarde. Cuando di el primer sorbo ya estaba frío. Lo dejé tal cual estaba y me marché. No quería recalentarlo en ningún microondas.

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