El orden de las palabras

1387f3386f150d586ef956aee412dd0dLas palabras ordenadas. Una por una detrás de la anterior y con una coherencia perfecta. Ese era el gusto que le encontraba a la lectura. No leía por el placer de la literatura ni para entretenerse, leía porque abrir cualquier página y encontrarse con esa masa homogénea de caracteres lo llevaba al más alto éxtasis. Fue por eso por lo que decidió hacer la carrera de Diseño Gráfico, porque ordenar las palabras, darles forma, palpar esas fuentes, esas letras eran, para él, el mejor de los orgasmos. Además, su trastorno obsesivo compulsivo agravaba más eso y, a veces, se quedaba largos ratos mirando carteles o anuncios donde encontraba el equilibrio perfecto en esas palabras. Cuando entraba en lugar desconocido o no para él, lo primero que hacía era individualizar y estudiar todo elemento que llamaba su atención. Las gafas de diseño de la dependienta en la tienda de ropa, los tics en el ojo derecho del hombre que acaba de entrar en la panadería donde compra cada mañana el pan, la nariz pelada del chico que entra y se sienta a su lado cuando espera en la consulta del dentista, todo. Observaba hasta el más mínimo detalle.

Estaba esperando en la puerta del restaurante fumando un cigarro. Tenía una entrevista de trabajo y le habían citado en uno de esos restaurantes que él, por el momento, no podía costearse. Le sentaba bien el humo invadiendo sus pulmones. Apenas hacía tres meses que empezó a fumar. Al principio no le gustaba fumar, pero prácticamente se había obligado a acostumbrarse a ese hábito porque se dio cuenta de que una persona podía librarse fácilmente de situaciones incómodas con un simple “Salgo a fumar”. Estaba empezando a sudar. Quedaban cinco minutos para la una y media, aunque él llevaba ahí desde la una en punto. Odiaba los retrasos, pero también odiaba ser puntual. Siempre debía hacer todo con antelación y previsión para disminuir el margen de errores en medida de lo posible. Ya veía como el director de la empresa y el de recursos humanos se acercaban.

De primero pidió esturión a la plancha con reducción de módena y mango. Pero pidió expresamente que en lugar de a la plancha fuese hervido, y en lugar de módena y mango fuese aceite de oliva y nada de sal. No pidió segundo plato y para beber, agua. No toleraba el alcohol, un vaso de vino lo derribaba enseguida. Al menos eso pensaba hasta que la conversación empezó a animarse. Al parecer, el director había estudiado en la misma universidad que su hermano y habían coincidido en más de una asignatura. Eso le pareció una increíble coincidencia y su alegría fue aumentando hasta que llegó la famosa y temida frase “Venga, chaval, que te invito a una copa, esto hay que celebrarlo”. Ni reproches, ni suplicas sirvieron para conseguir declinar esa oferta, enseguida tuvo delante tres caipirinhas; una para él, una para el director y otra para el de recursos humanos, que apenas había hablado en toda la comida, al parecer estaba demasiado ocupado con su entrecot como para escuchar la conversación.

Al principio, el sabor del cóctel no fue demasiado agresivo. Él no tenía ni idea de esa clase de brebajes pero por lo poco que sabía, ese era de los más flojos en cuanto a intensidad, hecho que poco a poco le fue perjudicando porque en cinco minutos ya se había bebido tres cuartas partes de la copa. Las frases del director se iban tornando borrosas y apenas sabía ya para qué era la entrevista. Se maldijo para sus adentros y dio el último sorbo de caipirinha. Siguió concentrado en los restos de esturión que quedaban en su plato y mientras el director hablaba sobre las juergas que tenían en la universidad fue removiéndolos con insistencia hasta que solo quedó una masa blanquecina homogénea y pastosa. Ver eso le recordó la vez que en el instituto fueron de visita al Museo Nacional de Biología y presenció con sus propios ojos lo que se denomina como “materia blanca”, uno de los elementos o materiales de los que está formado el cerebro. En su momento le repugnó tanto que tuvo que salirse a tomar el aire mientras sus compañeros se reían de él. Esta vez no pudo controlar mucho más su aprensión; en apenas cinco segundos, la mesa, los platos, los vasos e incluso el director quedaron empapados de vómito blanco que apestaba a alcohol. Ahora lo que predominaba la mesa era esturión triturado con reducción de caipirinha. Una delicatessen en toda regla. La estupefacta cara salpicada del director y el hombre de recursos humanos que seguía impasible concentrado en su entrecot le daban una confusión total. Quería salir corriendo, pero si hacía eso perdería el trabajo. Aunque pensándolo bien, y viendo la escena, ya era más que obvio que el director se encargaría de que en su vida volviese a trabajar en cualquier sitio. Así que por primera vez en su vida, se levantó tranquilamente y metiendo la mano en el bolsillo izquierdo de la americana dijo: “Si me permiten, voy a salir a fumar”.

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