El vacío en el vaso

cafe-de-montmartre-1890-oleo-sobre-lienzo-80-x-116-cm-abadia-de-montserrat-barcelona-obra-de-santiago-rusinol-650x451Me sorprendió el hecho de que, al entrar en el cine, un sol radiante iluminaba las calles, y ahora, justo al salir, empezaban a caer las primeras gotas de lo que posteriormente sería una larga y tediosa lluvia torrencial. Muy parecida a la tormenta que se había cernido sobre mí desde hacía años. Al ver esas primeras gotas caer, abroché los botones de mi abrigo, me subí el cuello y conecté los auriculares. Dejé que la aleatoriedad de mi reproductor mandase sobre mi persona, y me sorprendieron gratamente las primeras notas de la Sonata a piano Nº8 en Do Menor de Beethoven, la archiconocida “Sonata Patética”. Al igual que un buen vino con una buena comida, esa pieza ligaba, o maridaba, perfectamente con la situación; mis pasos intentaban ir al compás del piano, pero llegó un punto donde la situación se hizo insostenible.

Como cada vez llovía más fuerte, opté por refugiarme en una de esas cafeterías americanas que están en cada esquina de cualquier ciudad, donde si pides un café, te ponen decenas de brebajes en la taza menos lo que yo tengo entendido por “café”. Ni tan solo son capaces de escribir correctamente el nombre del cliente en esos vasos blancos de cartón. Pedí uno de esos “cafés” de nombre extraño con jengibre –ya que se acercaba la navidad, había que aprovechar– y dije mi nombre fonológica y fonéticamente marcado para que lo entendieran a la perfección y lo apuntaran en el vaso. Cuando fui a recogerlo, lo habían escrito mal, faltaba una letra. Qué más daba, esa pequeña errata quedó reducida al olvido cuando en el hilo musical empezó a sonar una versión de un villancico cantado por Paul Anka. A pesar de mis prejuicios sobre esa cadena norteamericana de cafeterías, cada vez que iba, y superaba algunos baches respecto a mis principios, acababa sintiéndome como en casa. La hipocresía del siglo XXI, supongo. Quizás ponen algún tipo de estupefaciente en los cafés para que seamos así.

Entre swings navideños, aromas a canela, jengibre y café, e ir y venir de turistas de todas las nacionalidades, me fijé en un hombre que, sentado apenas cuatro mesas más adelante de la mía, intercambiaba miradas conmigo. Su aspecto dejaba bastante que desear, aunque se apreciaba cierto aire de caballerosidad y gentileza que se notaba que había reinado tiempo atrás sobre su persona. Como aquellas viejas glorias del cine que a pesar de entrar profundamente en la tercera edad, conservaban una elegancia imperturbable; como Paul Newman en Camino a la Perdición. El hombre hojeaba un periódico de días anteriores. Aunque no veía bien de lejos, la foto de la portada mostraba un conocido músico junto a un crespón negro, y esa noticia había ocurrido la semana anterior. Yo admiraba a ese hombre de la portada, aunque no sabría definir si era músico o poeta. Justo en ese instante, en el hilo musical empezaron a sonar las primeras notas de una version bossa nova de la canción más conocida de ese hombre. Una acalorada rabia afloró, incontrolable, en mis interiores al escuchar esa aberración.

A todo esto, el hombre desconocido seguía intercambiando miradas conmigo. En un momento, metió su mano en el bolsillo de la pechera de la camisa y sacó un paquete de cigarrillos. Me sorprendió ese acto, porque si encendía uno, no tardarían ni cinco segundos en saltar las alarmas anti-incendios y por consiguiente, en echar a ese hombre a patadas del local. Finalmente, lo único que hizo fue contarlos, o al menos contemplarlos durante unos segundos como quien, famélico y sediento, observa desde la calle a los comensales que cenan en un restaurante. Los cigarrillos quedaron desvanecidos ante mis ojos cuando me fijé en el anillo que portaba en el dedo meñique de la mano izquierda. Si no me equivocaba, ese era el mismo anillo que repetidas veces había visto en álbumes de fotos familiares; un grueso anillo de sello dorado con una espiga de trigo negra grabada en el centro. Era el escudo heráldico de mi familia y sólo los hombres que llegaban a casarse tenían derecho a llevarlo. Digamos que era una tradición familiar ciertamente machista, aunque centenaria. Mi familia se reunía trimestralmente en un club de campo a las afueras de la ciudad y jamás había visto esa cara, ni tan solo en fotografías. Tan solo había visto el anillo, pero había visto decenas diferentes, aunque todos iguales, como gotas de agua.

El hombre seguía mirando constantemente y yo me impacientaba. Sentía curiosidad, aunque tampoco quería arriesgarme a preguntar para que después resultase que ese anillo no era más que una burda y decepcionante coincidencia. A pesar de mi impaciencia, al final fue él quién se impacientó. Dio un último sorbo a su café, se levantó y se dirigió a la puerta girándose y tomando contacto visual conmigo una última vez.

Me quedé unos minutos cavilando quién podría ser ese hombre. Esa elegancia que tenía; estaba claro que podría ser perfectamente de mi familia, triste y excesivamente adinerada, aunque eso sí, con una elegancia y educación incuestionables. Por segunda vez, mis pulmones se quedaron sin aire, la sangre que corría por mis venas se convirtió en cemento, y mis pupilas se dilataron tanto que apenas distinguía sombras más allá de mi nariz. Aquél hombre era la viva descripción que mi madre hacía de mi padre cuando me hablaba de él. Un escritor que un día, sin motivo aparente, dejó todo, incluidas las personas que más le querían, para desaparecer para siempre. Hasta ese día.

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