Olor a humo

6d701663c8029e6514303e835b6a0a5dHacía seis meses que me acababa de mudar a Barcelona. Hasta entonces, había vivido durante toda mi vida en Brooklyn. Esta nueva ciudad totalmente dispar respecto a Brooklyn; la simetría, el orden, las personas. Quizás la única semejanza entre las dos era el cuantioso ajetreo de turistas que constantemente llenaba las calles y locales de las zonas más céntricas. Yo vivía en el epicentro de esa zona cero, prácticamente el ojo del huracán de turistas de cualquier parte del mundo; ingleses, asiáticos, alemanes, rusos y norteamericanos como yo.

Cada día, desde que me habitué a mi nueva vida y a mi nueva ciudad, me despertaba a las seis de la mañana, me duchaba, hacía unos estiramientos musculares, fumaba un cigarrillo en el balcón mientras observaba las primeras oleadas de gente invadir la calle donde vivía, la calle Avinyó. Si no fuera por el famoso cuadro de Picasso, esta calle no sería más que otro punto de conexión entre las Ramblas y el casco antiguo de la ciudad. Una de esas calles donde los turistas acabarían perdidos en medio de la noche a merced de algún que otro bar ofreciéndoles una cena typical spanish con arroz amarillo fingiendo ser paella y un vino “gran reserva” de no más de dos euros en el supermercado de la esquina. Después de ese cigarrillo desayunaba una taza de café solo y dos tostadas con mantequilla de cacahuete. Quizás suene a tópico yankee pero atiborrarme de esa crema parda era de lo que más echaba de menos de mi país. Al acabar de desayunar siempre salía a dar un paseo de unos treinta minutos. Desde que empecé a ganar bastante dinero con mis dos primeras novelas, pude permitirme el lujo de no trabajar durante unas horas sin sentirme culpable.

Fue de los primeros días de primavera cuando hice aquél paseo que de una manera u otra cambió mi vida, aunque más bien la arruinó. Ese día, en lugar de ir en dirección contraria de los turistas y alejarme de esa vorágine de sandalias y cámaras de fotos, fui hacia ellos. Anduve entre calles y crucé los arcos de la Plaça Reial, observé como una familia de aspecto albino, quizás suecos, desayunaban café con leche y churros en la terraza del famoso Restaurant Tibidabo. Siempre me sorprendió que se llamara así cuando el Tibidabo es una montaña que se encuentra en la otra punta de la ciudad. Probablemente un reclamo turístico fácil de pronunciar incluso para un japonés. Un murmullo lejano iba rompiendo la tranquilidad de ese pequeño ecosistema que había creado aquella mañana donde el frío era apenas palpable y el sol reclamaba soberanía sobre la ciudad condal. Enseguida me encontré en medio de la muchedumbre. Delante mío tenía el mercat de la Boqueria y en la lejanía vislumbraba como una pareja de ancianos iban arrastrando con calma y perseverancia un carro de la compra entre aquél cúmulo de personas que entraba y salía de allí.

Empecé a subir por las Ramblas dirección plaza Catalunya, me apetecía tomar algo en el Café Zurich. Como si fuera un quitanieves, iba atravesando aquella marabunta humana que se dirigía hacia mí y me abría paso como un profeta bíblico. El sol primaveral empezaba a dar los primeros coletazos sobre la ciudad y un viento fresco azotaba mi cara. En uno de los quioscos de la rambla, había una joven florista que a pesar del ligero calor que hacía, llevaba un jersey amarillo a juego con los girasoles de su derecha. Resguardada tras unas gafas redondas, sonreía tímidamente a los transeúntes con la esperanza de que alguien se acercase y se llevara un pedazo de ella, alguna flor.

Apenas tardé unos diez minutos en llegar hasta la altura del Teatro Capitol. Justo enfrente había un saxofonista de unos cuarenta años que acompasado con los pasos de la gente, iba tocando una melodía de John Coltrane. La gente apenas le hacía caso. Quizás el jazz, al igual que la miel, no está hecho para la boca del asno, o en este caso, del turista. Delante suyo tenía la funda del saxofón abierta y al pasar solté un par de monedas que tenía en el bolsillo.

Finalmente llegué a la terraza del Café Zurich y aproveché que no hacía frío para sentarme en la terraza. En apenas medio minuto tenía a mi lado un camarero ataviado con un pantalón de pinzas negro y una camisa blanca rematada con una pajarita a juego con el pantalón. Pedí un croissant y una copa de vino blanco. Quizás no fuera la hora más adecuada, ni el vino maridaba, quizás con el momento sí, pero no con la comida. Aunque yo siempre digo que nunca es demasiado pronto para beber. El vino era bueno, fresco y los rayos de sol chocaban y se dividían a través de la copa. Reflejaban en la mesa metálica una suerte calidoscópica amarillenta. Sin embargo, el croissant estaba más seco de lo que esperaba, había perdido toda la ternura. A pesar de lo que cualquiera podría pensar, no soy demasiado exigente en cuanto a gastronomía, simplemente me gusta recibir algo equivalente al precio que pago.

Desde mi pequeña atalaya observaba el transcurrir de la vida barcelonesa, tan diferente de la que estaba acostumbrado. Jóvenes fotografiando con sus teléfonos móviles todo lo que veían, hombres trajeados hablando por teléfono con la mirada fija en el próximo billete que recibirán, y así hasta conseguir una masa homogénea de souvenirs del nuevo milenio. Por otra parte, ambas ciudades no son tan diferentes si nos centramos en el individuo. En ambas, cada persona se preocupa solo por la vida de uno mismo. Es muy difícil encontrar a una persona sonriendo a un desconocido o ver a alguien ayudando a un anciano sin motivo alguno. Saqué la pipa del bolsillo de la americana, la cebé con una cantidad poco excesiva de tabaco y la encendí que una cerilla que me proporcionó el camarero. A través del humo que nublaba mi vista, mientras la primera calada se agarraba a mis pulmones tirando hacia mi esa muerte no muy inminente pero sí inevitable, observaba de lejos, al saxofonista. Ahora tocaba una suerte de melodía con un gran parecido a Autumn Leaves, quizás era una improvisación, o no, pero desconocía ese tema. Veía en su cara, y en sus dedos digitalizando cada nota, una total ausencia del mundo terrenal. Envidiaba como a través de un simple conjunto de melodías se evadía de toda batalla sucedida a su alrededor. La atonalidad rompía la monotonía. Dormía entre corcheas y sincopas y cuando despertase, con suerte, tendría en la funda de su instrumento una decente cantidad de monedas para alimentarse un par de días.

Yo jamás he sabido tocar un instrumento, lo único que me ha servido para evadirme desde hace mucho ha sido escribir y fumar. Lo primero me ha dado dinero, fama y la oportunidad de pedir redención por todo lo que he hecho a lo largo de mis días, lo segundo tan solo me ha dado humo, una falsa calma y desde ese paseo, unas gotas de sangre al toser. Quizás esto sea lo último que escriba, quizás sea el número final de este circo sin orquesta que he ido montando durante toda mi vida. Ahora el número final necesita un protagonista, un guión, un motivo. Y sé que no soy yo. La melodía ya me la puso ese saxofonista y la esperanza de que aún quedaba algo decente en el mundo, esa florista del jersey amarillo. Espero que entre estas líneas no quede más que mi recuerdo y con suerte, algo de olor a humo y ceniza.

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