En mis lágrimas nadie se ahogará

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Hace cinco minutos que ha colgado el teléfono. La llamada le ha sorprendido cuando los primeros rayos de sol despuntaban a través de las rendijas de la persiana. Su padre ha muerto esa misma noche a causa de un aneurisma. La llamada era de su hermano para comunicarle la noticia y avisarle de que tiene que coger el primer tren a casa y asistir al funeral que será al día siguiente por la tarde. No sabe si debe llorar, preocuparse o algo por el estilo, sin embargo, algo impide que su cuerpo y su mente reaccionen correctamente. Está tumbado en la cama, vestido con una camiseta de tirantes blanca y un pantalón de pijama a rayas. Observa el techo de color blanco roto. Hay partes que están empezando a desconcharse y agrietarse, y piensa que quizás un día mientras duerma le pueda caer un trozo de pared en la cabeza y acabar con todo. Mira el reloj y ve aún quedan unos veinte minutos para que suene la alarma que debería despertarle. Diariamente, cuando suena ese despertador, tiene veinte minutos para vestirse y ducharse, treinta para bajar al comedor común a desayunar y diez para ir del colegio mayor a la universidad. Esta vez no tiene que apurarse, tan solo tiene que meter en la maleta ropa para un par de días y dirigirse a la estación de tren.

Se levanta, abre la persiana y después la ventana. Dos pisos más abajo, a una altura de unos treinta metros ve como la nieve que ha caído durante la noche ha dejado una capa espesa de unos veinte centímetros. Una hilera de pasos cruzan el jardín entero dejando una estela desde la puerta del Colegio Mayor hasta la entrada de la cafetería. Cuando el helor empieza a cortarle la cara, cierra la ventana y se dispone a vestirse Se pone unos pantalones marrones de pana, una camisa a cuadros blancos y negros y debajo se deja la camiseta de tirantes con la que ha dormido. Saca la maleta de piel de debajo de la cama y empieza a colocar descuidadamente ropa que encuentra repartida por la habitación sin preocuparse de si se la pondrá; un par de zapatos y un libro que no sabe ni cuál es. Hoy no va a ducharse. Sabe que con el agua caliente recorriéndole la piel, su mente se debilita y en seguida empieza a preocuparse y en el caso extremo, a llorar. Hace años que no llora por alguien, ¿Por qué va a hacerlo ahora?

Se observa durante unos segundos en el espejo del lavabo –si puede llamarse así a un retrete, un grifo y una ducha donde apenas cabe una persona–, ve frente a él a alguien que no reconoce, un chico joven, con barba de tres días, semicírculos morados bajo los ojos y el pelo enmarañado.

Eres imbécil” se dice a si mismo en voz alta.

No tiene hambre pero sabe que si no come nada ahora, durante el viaje en tren querrá comer algo y no tiene dinero suficiente como para permitirse esos tentempiés tan caros que sirven en carritos. Va al escritorio y del fondo del primer cajón saca un paquete de tabaco que lleva escondido ahí desde hace meses. Solo fuma cuando tiene ataques de ansiedad, hecho que es, sorprendentemente, cada vez menos frecuente. Hasta hace poco consumía rapé en grandes cantidades pero como ha visto que era complicado encontrar lugares donde lo vendan, ha desistido y se ha pasado a la nicotina letal.

Baja por las escaleras y se dirije al Gran Comedor Común. Lo llaman así pero realmente es una habitación de no más de cincuenta metros cuadrados donde cada chico del colegio mayor va cuando quiere y come cuando quiere. Baja las escaleras con la mirada centrada en sus pies. Qué mierda de día me espera, susurra en una voz casi inaudible. Piensa que ojalá no haya nadie en el comedor y pueda desayunar el solo sin que nadie le moleste, pero sabe también que eso es imposible, que siempre hay, por lo menos, un grupo de unos diez chicos reunidos jugando a las cartas. Efectivamente. Un estruendoso ruido de voces le araña los oídos nada más abrir la gran puerta del gran comedor. Todo grande, piensa, cuanta ostentación. Coge una bandeja y se pone en la cola a la espera de que le sirvan, por una vez, algo decente. A los pocos segundos, una masa más parecida al cemento que a los huevos revueltos cae como un meteorito sobre su plato junto a dos salchichas revenidas. Una taza metálica de café rancio lo acompaña. Piensa otra vez en su padre. Le viene a su cabeza la imagen de él, tumbado en la cama con un último hilo de voz saliendo a borbotones de su garganta, quizás arrepintiéndose de lo mal padre que fue, o quizás regocijándose en todo lo que hizo. Piensa también en su madre. Quizás ahora esté llorando, o quizás esté en su habitación riendo a escondidas porque sabe que ya nadie podrá decirle lo que debe hacer y sobretodo, nadie le pondrá la mano encima, porque esa mano ya está fría y tiesa.

Se sienta en uno de los pocos asientos libres que quedan y empieza a comer. Su mirada queda fija en el muro que tiene justo delante, donde, hace muchos años, los directores del colegio mayor plasmaron una de las famosas máximas de Henry David Thoreau; Nunca mires atrás a menos que estés planeando ir en esa dirección.” A pesar de que admira a ese hombre, ese tipo de frases motivacionales que parecen sacadas de un libro de autoayuda le revuelven el estómago y le producen una sensación de hastío y desesperación. No entiende como alguien puede creer en esas cosas. A pesar de que esté de acuerdo con el hecho de evitar todo contacto posible con un mundo pasado, no entiende como alguien puede creer que una frase como esa le salvará la vida o, por lo menos se la mejorará.

Deja el plato a medias. Media salchicha y la mitad de esa masa cementosa restan en el plato junto a la taza vacía en la que tan solo queda el oscuro poso de café. Deja la bandeja en el carrito donde todos deben dejarla para que después uno de los cocineros venga a buscarla. Sale por la misma puerta que hace a penas media hora había usado para entrar en ese infierno de griterío y comida rancia. Sube las escaleras, atraviesa el vestíbulo principal y sale al pequeño jardín que hay junto a la entrada. Todo esta cubierto de nieve, aunque esta ya esté sucia y aplastada de todas las pisadas que ha recibido. Saca el paquete de tabaco del bolsillo y lo sacude encima de la palma de su mano hasta que un cigarrillo se desliza sobre ella. Lo enciende con una cerilla y, sin dar ninguna calada, observa el panorama invernal que se despliega frente a él mientras una capa de humo se interpone de por medio. El humo y la ráfaga de viento que atraviesa el jardín hacen que le lloren los ojos. Justo en ese instante se esfuerza en recordar algún momento con su padre que le ayude a llorar de una vez, pero en vano las lágrimas tan solo salen vacías de tristeza. Intenta ser una persona empática, sentir algo por aquellos que desaparecen, pero le es imposible. La última vez que lloró por la muerte de alguien fue cuando tres años atrás Hemingway se suicidó y su cara invadió las portadas de todos los periódicos. Compró diecisiete periódicos diferentes, todos con titulares como “Adiós a Hemingway” o “Las campanas doblan por Hemingway”. Titulares que intentaban en vano hacer buenos juegos de palabras con los títulos de las novelas.

Sabe que esa beligerancia que se oponía entre él y su padre va a perdurar lo suficiente como para que cuando sea lo suficientemente viejo, arrepentirse hasta tal punto de mantener esa frustración hasta el final de sus días.

Con dos dedos lanza el cigarrillo hacia la nieve. Ve como la humedad apaga el tabaco incandescente hasta que tan solo ve un diminuto hilo de humo que asciende hacia el cielo. Sube a su habitación, cierra la maleta y al salir cierra la puerta con llave. Vuelve a bajar y después de atravesar el vestíbulo y salir al jardín, pasa por encima de la colilla que minutos antes ha lanzado, pisándola y hundiéndola en el centro de su huella, en una masa homogénea de nieve sucia y tierra parda.

 

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