Las vides de Noviembre

da0d697a49c1ae3c5fe584fd3db0171fCuando una tormenta de granizo cae sobre un viñedo, acaba con todo. Las hojas se desprenden por los fuertes impactos, las vides mueren machacadas y ahogadas. Y las uvas, aún jóvenes, yacen partidas por la mitad en la tierra húmeda con la carne al descubierto.

Así me sentía yo, como una uva inservible. Algo que en un futuro, después de haber madurado, podría haberse convertido en vino; ese anciano brebaje capaz de calentar el cuerpo de todo ser frío y proporcionarle una falsa y efímera felicidad. Con estas palabras no pretendo mostrar ninguna señal de egolatría, pero quién sabe si podría haber llegado a ser algo grande y provechoso. Si la memoria no me traiciona por enésima vez, por aquél entonces mi proyecto de vida era ser escritor, aunque en mi cabeza fluye una cantidad ingente de periodos de tiempo donde apenas recuerdo nada. Una de las cosas que sí recuerdo era que mi existencia era como un encefalograma plano, un individuo que se relacionaba y actuaba como cualquier otro ser humano, pero que más adentro de su piel habitaba una atmósfera gélida e inerte, una tierra baldía donde ninguna flor era capaz de brotar y todo lo que quedaba eran rastros de polvo y sed perpetua. Tenía a medias una novela que había empezado a escribir meses atrás. Cada tarde, al salir de la librería donde trabajaba, bajaba seis calles y entraba de una cafetería a escribir. Lo poco que recuerdo de esos constantes periodos de productividad literaria es que solía estar más de cuatro horas escribiendo y que la mesa acababa llena de decenas de papeles manchados con cercos de café reseco, de las cuales la mayoría tendría que reescribir al día siguiente debido a mi inconformidad. Las rutinas diarias que hacía sí que las recuerdo con facilidad, pues de algún modo acabaron siendo una parte inherente de mi modo de vida.

De Lunes a Viernes trabajaba ocho horas en una librería de la mejor zona de Madrid. Me apasionaba porque solía estar bastante concurrida y siempre habían clientes dudosos con los cuales podías establecer una agradable conversación literaria. Al mediodía comía de pie en la cocina mirando un punto fijo de la pared mientras unas voces salían de la radio. Evitaba a toda costa escuchar música porque cualquier canción, hasta la más alegre y optimista, me hundía más. Después volvía a la librería para acabar mis horas y finalmente acababa escribiendo en la cafetería.

Fue allí donde la conocí. Fue allí donde conocí a mi Noviembre.

Después de escribir unas cuantas páginas inútiles y de haber apurado de un sorbo los restos del café, salí a la calle a fumar intentando aguantar la compostura mientras el aire gélido que azotaba Madrid esos días de finales de noviembre, rozaba mi cara. Esos “Cuarteles del invierno” como diría Camilo José Cela, me habían ocasionado ya algún que otro resfriado, aunque quizás la culpa de todo la tenga el tabaco por “obligarme” a salir a la intemperie.

Fumaba apoyado en la pared y mirando un punto fijo de la fachada que tenía justo enfrente. Algún músico callejero tocaba una especie de Fly Me To The Moon de Frank Sinatra con unas variaciones que indicaban más que no se sabía la partitura que el hecho de improvisar algo. Entonces apareció ella, apareció mi Noviembre. Con un abrigo gris y una bufanda de punto que le tapaba media cara. Empezó a mirar a todos lados como si estuviera esperando a alguien hasta que reparó en mi presencia y se acercó a mí como si ella fuese un errante sediento y yo un oasis en el desierto , como si ella fuera un jubilado y yo un buffet libre.

“¿Tienes un cigarrillo?”

No sé si decir que aquella frase fue un tanto carente de educación, ya que por unos segundos esperé un “Por favor”. Lo que sí sé es que aquellos ojos que me miraron clavaron mis pies en los adoquines de la calle Serrano. Siempre he pensado que hay miradas capaces de darte lo necesario para seguir caminando por este mundo. Capaces de hacer que cualquier cosa, por muy mala que sea, desaparezca.

Sin pronunciar palabra alguna, metí la mano en el bolsillo interior de mi abrigo y sin apartar mis ojos de los suyos, le extendí el paquete de Lucky Strike. Hubiera dado ese paquete entero a cambio de despertar cada mañana junto a esa mirada. Le hubiera dado cualquier cosa; mi casa, mi trabajo, la clave de mi cuenta bancaria, la de mi Wi-Fi, mis recuerdos, mi madre, mi piel, mi canción favorita, la primera vez que leí El Guardián Entre El Centeno, mi vida e incluso mis ojos, aunque para nada eran como los suyos.

Ella soltó un ligero y despreocupado “Gracias” y empezó a andar calle abajo hasta pararse a unos cincuenta metros de mí. Allí le esperaba un coche blanco radiante. No sé quién había en el asiento del conductor, pero fuera quien fuera, se la llevó para siempre. Y allí me quedé yo, hundido en el suelo hasta la cintura como un imbécil con el paquete de tabaco aún en la mano. Demasiado tiempo ha pasado y aún no he podido olvidar nada. He vuelto a ese lugar a la misma hora cada día desde entonces y jamás la he vuelto a ver. Ni tan solo recuerdo su voz, ni su rostro. Tan solo esa mirada. Sigo buscando esos ojos en cada transeúnte que circula por Madrid. La necesidad de volver a hundirme aumenta cada día.

Ella fue el hielo que cae del cielo y yo sigo siendo esa insignificante uva. Ella fue mi último Noviembre.

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