Las Constelaciones

April 7, 1960. FloridaJusto acababa de pronunciar el discurso de la boda de su hermano. Había sido emotivo y de algunos ojos de los asistentes habían aflorado lágrimas. Para él estas cosas eran un puro trámite, nada que le pudiera conmover. Se lo pidieron y el accedió. Hacía años que no sentía nada y que su corazón se había vuelto frío. Hacía tanto tiempo que una persona no pasaba por su vida que se había obligado a construir esa coraza de hielo para protegerse, pero aún así eso no le impedía protegerse de si mismo. Durante el discurso contó algunas anécdotas que vivieron su hermano y él cuando eran jóvenes, como la primera chica de la que estuvieron enamorados a la vez o la primera borrachera que le ocultaron a sus padres. Ahora todo eso era diferente, eran cosas del pasado. Todo el mundo había crecido y ya no se apreciaban las cosas como antes. Ahora todo se basaba en el mismo esquema: pareja, trabajo, hijos. Él no tenía nada de eso, era un anti-sistema de la existencia. Observaba a los asistentes del banquete y por lo menos había cuatro embarazadas y prácticamente todo el mundo llevaba anillo de compromiso. Él, en cambio, hacía casi una década que no tenía pareja estable y mucho menos un trabajo. No se puede considerar ser artista como un trabajo. A veces vendía algún que otro cuadro a algún restaurante o pequeña galería pero poco más, lo suficiente como para subsistir con el agua al cuello.

Salió al jardín mientras con una mano se desahogaba el cuello y con la otra sacaba un paquete de tabaco del bolsillo interior de la americana. Se vio de lejos en el reflejo del cristal de la carpa que cubría los invitados, allí, delgado y con un traje que le quedaba realmente bien y con unos mechones de pelo negro cruzándole la frente. Observaba a los invitados, personas prolíficas, familias felices, gente que había llegado a la cumbre de su carrera y después estaba él, un triste pintor cuya carrera nunca había tenido intención de despegar. Verlos allí le hacía sentirse inferior, insignificante. ¿Cómo podía ser que a su edad no contase con alguien con quien poder confiar? Él estaba realmente convencido de que era por su carácter, siempre instintivo pero que cuando quería ser cerebral todo se iba a pique. Se sentía agotado, perdido y sin ningún ápice de esperanza frente a él. A veces, en su mente, bromeaba con el suicidio pero enseguida rechazaba la idea al pensar en el cliché que supone que un artista deprimente se suicidara. Aún así seguía pensando que quizás sería la mejor salida.

Mientras daba las últimas caladas al cigarrillo y escuchaba la melodía de una versión hortera de New York, New York de Frank Sinatra, alguien le tocó el hombro. Al girarse había allí una chica de unos treinta años que le miraba desde unos centímetros más abajo de su línea visual. Sujetaba una copa de champán que resaltaba con el vestido ceñido de color negro que llevaba.

“Parece que sigues igual.”

“Eh, ¿Disculpa?” preguntó él sin saber muy bien de qué iba el asunto.

“No me recuerdas, ¿verdad?”

“Pues…no, si te soy sincero.”

“Tantas horas leyendo a Hemingway juntos, y años después ni te acuerdas de mí.”

“¿Claudia?” su asombro era tan grande que la colilla del cigarrillo le cayó de las manos.

“La misma, pero por tu reacción parece que soy yo la que ha cambiado.”

Era Claudia, la gran y última amistad que había tenido. Estaba allí porque la hermana de ella iba a la misma clase que su hermano. Se conocieron en el instituto, en la clase de Literatura Universal y a los dos les apasionaba la literatura norte-americana. Ella era de Hemingway y él de Philip Roth. Él consideraba esa amistad como algo invencible, era el motivo por el cual cada mañana se despertaba, era en lo que pensaba cuando se encontraba en algún lugar, solo y llorando. En ese instante por sus ojos pasaron decenas de momentos, al igual que cuando había pronunciado el discurso. Recordó la vez que robaron un libro de la librería de la facultad, era Hojas de Hierba de Walt Whitman y eso, por los pelos, no les supuso la expulsión inmediata. Recordaba también cuando muchas tardes se iban al parque más grande de la ciudad y buscaban el rincón más desierto para sentarse en el césped y leer. Por aquél entonces él era una persona muy habladora y comentaba todo lo que leía, hecho que a ella le molestaba. Quizás fue el recuerdo que llegó después lo que le removió todo. Se encontraban en casa de él y estaban escuchando en repetición el disco The Piper At The Gates of Dawn de Pink Floyd. Había decenas de latas vacías y ellos bailaban sin seguir ritmo alguno. A ella le encantaba bailar a contratiempo de cualquier canción y él odiaba bailar, pero con un poco de alcohol en la sangre era capaz de hacer cualquier cosa. Después de estar horas bailando, cayeron rendidos en la cama, sudorosos los dos. Ella se quitó la camiseta y él empezó a acariciar con el dedo índice cada milímetro de su cuerpo. Se dio cuenta de la gran cantidad de pecas que tenía en la espalda, era como una galaxia con centenares de estrellas que inundaban aquél mar de piel tan suave. Cogió un bolígrafo y de esas estrellas, empezó a crear constelaciones uniendo los puntos. Al acabar se enamoró de aquél microcosmos que reinaba en su espalda. Quizás fue en ese momento cuando se dio cuenta de todo.

Estuvieron hablando durante tanto rato, que cuando quisieron darse cuenta los invitados ya habían organizado una conga alrededor de la mesa donde se sentaban los novios. A través de los cristales, su hermana le hacía aspavientos con las manos, mostrando una clara señal de embriaguez, para que entrara. Ella se despidió con un beso en la mejilla y con un “Espero que nos veamos”.

No se volvieron a ver nunca, pero él cada día esperaba que ella hubiese encontrado a alguien que creara constelaciones en su espalda.

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