Acariciar el fuego

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Jason Amen

Ella era el tipo de chica que al primer golpe de vista te tira al suelo y hace que no te puedas levantar nunca más. El tipo de chica por quién los músicos escriben canciones y las gritan a oídos que jamás podrán comprender el dolor que supone haberla conocido. Ese primer cigarrillo que crees que será el único pero inevitablemente te acabará atrapando hasta llevarte a una lenta y dolorosa muerte. Creaba perspectivas de todos los diferentes ángulos que veía y, de una manera casi imposible en él, daba la vuelta a todo lo que pasaba por su cabeza y transformaba sus ojos en un caleidoscopio de luz y falsa esperanza.

Después de todo, seguía preguntándose día tras día qué había podido ocurrir y se seguía preguntando si aún le recordaba. Él sí, de eso seguro, pero le producía una inmensa angustia darse cuenta de que a cada día que pasaba, cada vez olvidaba un poco más su voz. Y eso era lo que más le dolía. Cuando se inicia el inevitable proceso del olvido, hay algunas partes que pueden sobrellevarse con facilidad, puede olvidarse la forma de su perfil, el contorno de su cuerpo o la curva que hacen sus labios al sonreír, pero lo que más dolor llega a producir el olvido es el momento en el que el sonido de su voz desaparece de la memoria, Una voz es el único elemento de una persona que puede llegar a transportarte a momentos concretos, a ese pasado al que siempre desearías volver para anclarte allí y quedarte a vivir. Un tótem del tiempo. Y él odiaba estar perdiendo eso porque sabía que cuando el proceso se completara ya no le quedaría nada más a lo que aferrarse, ni tan solo una fotografía. A veces intentaba recordar días concretos en los que tuvieron largas conversaciones, pero de todas ellas tan solo podía recordar algunas frases en concreto y en ninguna de ellas era capaz de recordar el sonido de su voz pronunciándolas. Era como leer una obra de teatro y ser incapaz de imaginarse la voz que pueden tener los personajes.

Incluso había intentado, en vano, buscar su nombre en el listón telefónico pero ni rastro de ella. Incluso llegó a imaginar que podía haber muerto pero enseguida descartó esa idea pues aún seguía notando su vida y, por consiguiente, que aún quedaba algo bonito en este mundo.

* * * *

Era inicios de Navidad, e insólitamente, una tormenta de nieve llevaba días azotando la ciudad. Decenas de coches cubiertos con centímetros de nieve en sus carrocerías quedaban atascados en mitad de la calle y ni tan solo los operarios podían hacer nada, preferían esperar a que el temporal pasase. Las calles estaban totalmente desiertas e incluso en las zonas más concurridas normalmente, no se hallaba ni una sola alma.

Desde que ella desapareció de su vida, él cada domingo acudía a una cafetería del casco antiguo para verse con un amigo. Éste le hizo prometer cumplir esta rutina para tener un control semanal de su estado de ánimo y así poder distraerle aunque fueran un par de horas. Siempre quedaban en el mismo lugar, una cocktelería del barrio viejo. Uno de esos lugares de más de cien años que alguien había adquirido y había reformado totalmente dándole un toque moderno, aunque a veces en vano. Él solía tomar un gin-tonic, a veces más de uno, aunque a pesar de su amor por esa bebida, quería dejarlo, pues era lo que solía tomar ella. Su amigo tomaba siempre una única cerveza, prefería estar totalmente sereno para escuchar los largos monólogos de él quejándose sobre su vida y todas las historias que una y otra vez contaba sobre ella.

Él, sorprendentemente, llegó a la puerta de la cocktelería diez minutos antes de la hora prevista, así que aprovechó para fumarse un cigarrillo sin que su amigo le viera. Odiaba que fumase. Sin embargo su amigo también llegó antes de la hora prevista y simplemente con una mirada ya hizo que soltara el cigarrillo a medio fumar. La retahíla de reproches que su amigo le soltó respecto al tema hicieron en él el mismo efecto que los antidepresivos que ya dejó de tomar, totalmente nulo.

Una vez dentro pidieron lo de siempre, un gin-tonic y una cerveza, y fue en ese momento donde empezaron los largos monólogos, las quejas, la visibilidad borrosa, las constantes visitas al baño e incluso alguna que otra lágrima. Pero algo cambió.

“¿Sabes? A veces pienso que todo esto, lo que nos ocurre a cada uno de nosotros es porque nos lo merecemos, sea bueno o malo. No se trata de karma ni nada así, si no simplemente porque nuestros actos y decisiones condicionan nuestro futuro. Por ejemplo, si ahora me levanto y rompo una botella en la cabeza del camarero, eso condicionará de manera drástica todo lo que me pueda pasar en las próximas horas. Pero tranquilo, que no lo haré aunque este gin-tonic esté bastante flojo. A lo que me refiero es que a veces me precipito demasiado, lo reconozco, y sé que con ella a veces mi cabeza actuó de manera sobrepasada. Es como esa canción: And my head told my heart “Let love grow” but my heart told my head “This time no”. Pues en ese caso mi corazón quedó paralizado, y eso que suele ser al revés. Sé que siempre soy pesado explicándote las canciones que me recuerdan a ella o mi ímpetu en encontrar su esencia en alguien más, pero para tu sorpresa eso se va a acabar. He decidido que eso de encontrar lo que te gusta y dejar que te mate no va a ocurrir esta vez. Ya he muerto demasiadas veces por el camino y esta vez voy a ser capaz de acariciar el fuego sin quemarme. Porque ella es eso, una llama demasiado bonita para apagarla y lo que hace es iluminar todo a su alrededor, incluso iluminó hasta mis rincones más oscuros. Voy a acariciar el fuego las veces que haga falta y no voy a abrasarme. Ya conservo demasiadas quemaduras de mi propio infierno como para tener aún más cicatrices.”

La cara de estupefacción de su amigo era esplendida, él notaba que lo que había contado no era mera palabrería. Notaba en su voz cierto grado de optimismo y esperanza que hacía años que no veía en él. Tal era su alegría en ese momento que incluso se levantó de la mesa para abrazarlo, sin mediar palabra.

El amigo pagó la cuenta y, como en las típicas postales neoyorquinas de las películas, ambos comenzaron a andar por entre la nieve buscando algún lugar para poder celebrar aquello y los dos miraron hacia atrás, a la cocktelería, sabiendo que no tendrían que volver más. De alguna manera, él no sentía frío, era como si ese fuego que había aprendido a acariciar estuviese dándole calor desde quién sabe donde.

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